Isabel le lanzó una mirada de triunfo a Cristina.
—¿Y luego? —preguntó la joven.
—El Señor Corona dijo que va a plantar árboles de cerezo negro —explicó el jardinero.
El patio trasero, húmedo y fresco, era perfecto para cultivar cerezos, pero ese no era el detalle que le importaba a Isabel.
—¿Y para qué quiere plantar árboles de cerezo negro?
Jacinta Zamora, el ama de llaves de Cristina, intervino con entusiasmo:
—¡Oh, eso yo lo sé! Anoche le llevé fruta fresca al despacho del joven señor. La miró y me preguntó si le había mandado la misma fruta a la señorita Molina. Le dije que sí, y entonces me ordenó que retirara su plato, diciendo que ella cuida mucho su figura y solo debe comer fruta recién cortada de la rama.
»Yo le expliqué que esta fruta venía de muy lejos, de las montañas, y que era normal que el tallo estuviera un poquito seco, pero que era de excelente calidad.
»Y entonces... —El ama de llaves sonrió con picardía—. Me dijo: "Mejor mandaré a plantar árboles para mi Isa. A partir de ahora, todas las cerezas que coma serán recién arrancadas".
—¿Escuchaste eso? —La sonrisa de Isabel se ensanchó, irradiando una felicidad desbordante.
Lo diría mil veces si fuera necesario:
¡Sofía ya era historia!
Antes, Leandro sentía lástima por ella, creyendo que había tenido una muerte trágica. Aunque le guardaba rencor por lo que había hecho, el amor que alguna vez sintió lo llevó a construirle un altar y plantarle ese jardín para que descansara en paz.
Pero ahora, al descubrir que había fingido su muerte, sabía que se había burlado de su dolor durante más de tres años.
¡Tres años enteros!
¡Había estado guardándole luto por tres años!
¿Cuántos años tiene un hombre para desperdiciar así?
Leandro le había dedicado su tiempo más valioso a la memoria de una mujer que solo lo había manipulado.
El rencor viejo se había mezclado con el nuevo.
Cualquier rastro de culpa que Leandro pudiera sentir se había convertido en un odio profundo y visceral.
La odiaba con toda su alma.
Por eso iba a arrancar todas esas hierbas. ¡Iba a borrar a Sofía de su vida para siempre!
Isabel fulminó a Cristina con la mirada.

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