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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 18

—Por favor, no empujen, tenemos heridos graves, la doctora no puede atenderlos en este momento —gritó la recepcionista.

—¡Oh! Entonces háganse a un lado, no le estorben a la doctora —exclamó una señora mayor con voz de megáfono. Todos retrocedieron de inmediato y volvieron a la fila.

La doctora fue guiada hasta la sala de urgencias.

Al entrar, su vista perfecta capturó una escena que podría describirse como dantesca.

Cinco hombres robustos tenían acorralado al médico de guardia.

Uno de ellos era Benito Mancilla; tenía la frente abierta, se presionaba la cabeza con un montón de papel higiénico y la sangre le escurría entre los dedos.

Otro tenía un golpe severo cerca del ojo y el cabello cubierto de polvo y tierra; a este sujeto no lo reconoció.

Los otros tres eran: Leandro Corona y sus dos amigos inseparables.

Leandro tenía el brazo derecho apoyado sobre la mesa de instrumental. Al parecer, él era quien necesitaba que le acomodaran el hueso.

Habían pasado tres años y Leandro se veía muy diferente.

Llevaba una gorra negra calada hasta los ojos, tapando la mitad de sus cejas. Vestía una camiseta negra ajustada que resaltaba la anchura de sus hombros y sus músculos bien marcados, pantalones oscuros y zapatos del mismo color.

Parecía que iba de camino a un funeral.

Atrás había quedado el estilo refinado y arrogante del millonario que alguna vez fue.

Su rostro también había cambiado. Ya no tenía esa chispa de juventud de antes. Ahora sus facciones eran más duras, maduras, frías e intimidantes; emanaba un aura de superioridad y una hostilidad abrumadora.

Como si el mundo entero le debiera dinero.

Como si el panadero de la esquina le hubiera robado a su esposa.

Sin embargo, aunque el destino hubiera decidido poner a esas personas frente a ella otra vez, en el corazón de la doctora no provocaron absolutamente nada. Seguían siendo, a sus ojos, gente muerta.

Y para ella, los muertos eran solo una etapa superada, incapaces de causarle la más mínima perturbación.

El médico de urgencias que trabajaba para Iván Quintana le cedió la silla rápidamente.

—Doctora, siéntese.

El médico se fue a otra mesa para curarle la herida a Benito.

La doctora asintió.

Se sentó.

Se puso un par de guantes quirúrgicos.

Palpó el brazo de Leandro, que estaba inmovilizado sobre la mesa, y de inmediato supo qué hacer.

Con la mano izquierda le sostuvo el brazo y con la derecha le tomó la palma, masajeando los músculos y tendones hasta encontrar la articulación exacta.

Capítulo 18 1

Capítulo 18 2

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