Una cabeza completamente calva, brillante y reluciente.
Sofía no tenía el más mínimo interés en descubrir por qué Leandro Corona había renunciado a su tan admirada cabellera para volverse completamente calvo.
En ese momento, Javier regresó con el altavoz de su celular encendido y se lo entregó a Leandro.
—Es Isa, dice que te extraña.
Leandro desvió la mirada de Sofía y empezó a hablar por teléfono.
—¿Ya llegaste al hotel?
Isabel Molina respondió: —Sí.
—¿Ya tienes la habitación?
Isabel: —Mhm, voy a darme un baño. ¿A qué hora llegas?
—Voy para allá.
Isabel: —Te espero, bye.
Cuando el atractivo rostro de Leandro volvió a mirar a Sofía, aún tenía una sonrisa dibujada en los labios.
—Por favor, pase a la caja a pagar la cuota especial por la consulta de urgencia —dijo Sofía, asintiendo ligeramente antes de escabullirse por su lado y salir.
Ya afuera, se topó con un grupo de señoras mayores que la buscaban.
Dos de ellas, que ya se habían recuperado gracias a sus tratamientos, le llevaban canastas con productos locales.
Las otras venían por recomendación para su primera cita, buscando platicar con ella sobre sus padecimientos.
De inmediato, se vio rodeada.
Se enfrascó en su trabajo, ignorando lo demás.
Javier la observaba de lejos, impresionado: —Esa doctora es increíble. Es muy buena en lo que hace y todos la adoran.
Al voltear a ver a Leandro, notó que tenía la mirada clavada en ella.
Le dio una palmada en el hombro. —¿De qué hablaron?
—De nada.
—¡Ay, por favor! Te conozco. Fuera de Isa, ¿cuándo le has pedido a otra mujer hablar a solas?
Leandro avanzó con paso firme, sin inmutarse.
Javier lo siguió y le advirtió con seriedad:
—Leandro, no es por meterme, pero recuerda a Isa...
Al salir de la clínica, el auto de Leandro que había provocado el accidente ya había sido remolcado.
Solo quedaban los autos deportivos de Javier y Pablo.
Eran cinco hombres en total, y los deportivos solo tenían cuatro lugares.

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