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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 19

Una cabeza completamente calva, brillante y reluciente.

Sofía no tenía el más mínimo interés en descubrir por qué Leandro Corona había renunciado a su tan admirada cabellera para volverse completamente calvo.

En ese momento, Javier regresó con el altavoz de su celular encendido y se lo entregó a Leandro.

—Es Isa, dice que te extraña.

Leandro desvió la mirada de Sofía y empezó a hablar por teléfono.

—¿Ya llegaste al hotel?

Isabel Molina respondió: —Sí.

—¿Ya tienes la habitación?

Isabel: —Mhm, voy a darme un baño. ¿A qué hora llegas?

—Voy para allá.

Isabel: —Te espero, bye.

Cuando el atractivo rostro de Leandro volvió a mirar a Sofía, aún tenía una sonrisa dibujada en los labios.

—Por favor, pase a la caja a pagar la cuota especial por la consulta de urgencia —dijo Sofía, asintiendo ligeramente antes de escabullirse por su lado y salir.

Ya afuera, se topó con un grupo de señoras mayores que la buscaban.

Dos de ellas, que ya se habían recuperado gracias a sus tratamientos, le llevaban canastas con productos locales.

Las otras venían por recomendación para su primera cita, buscando platicar con ella sobre sus padecimientos.

De inmediato, se vio rodeada.

Se enfrascó en su trabajo, ignorando lo demás.

Javier la observaba de lejos, impresionado: —Esa doctora es increíble. Es muy buena en lo que hace y todos la adoran.

Al voltear a ver a Leandro, notó que tenía la mirada clavada en ella.

Le dio una palmada en el hombro. —¿De qué hablaron?

—De nada.

—¡Ay, por favor! Te conozco. Fuera de Isa, ¿cuándo le has pedido a otra mujer hablar a solas?

Leandro avanzó con paso firme, sin inmutarse.

Javier lo siguió y le advirtió con seriedad:

—Leandro, no es por meterme, pero recuerda a Isa...

Al salir de la clínica, el auto de Leandro que había provocado el accidente ya había sido remolcado.

Solo quedaban los autos deportivos de Javier y Pablo.

Eran cinco hombres en total, y los deportivos solo tenían cuatro lugares.

Esperaron una hora más.

A la una y media de la tarde.

El sol seguía azotando la calle, volviéndola insoportable.

La acera brillaba tanto que lastimaba los ojos.

En ese momento, salió de la clínica una mujer con un vestido amarillo pastel. Llevaba cubrebocas, el cabello recogido en un chongo desordenado, y caminaba con elegancia, dejando que su vestido ondeara con el viento.

Leandro tiró su cigarrillo y corrió hacia ella.

Del otro lado, Sofía vio que el hombre que no quería volver a ver en toda su vida seguía acechándola.

Acomodó la correa de su bolso, lista para defenderse.

Leandro le bloqueó el paso. Sofía alzó la mirada, molesta. —¿Qué quieres?

Leandro sonrió. —Vine a Rosarito con unos amigos, tuvimos un accidente y estamos esperando a que nos recojan. No te emociones, no te estoy buscando.

Si ese era el caso, Sofía no estaba dispuesta a cruzar ni una palabra más.

Dio media vuelta para irse en dirección opuesta.

No había dado ni tres pasos cuando Leandro le agarró el brazo.

—Reconoce que eres Sofía. ¿Acaso tienes miedo de que te salte encima?

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