Una vez que el cuento de hadas se deshizo y la máscara de bondad cayó al suelo...
La verdadera naturaleza quedó expuesta.
Para Sofía, Cristina Montero era su peor enemiga. ¡Una mujer a la que odiaba a muerte!
—¿Por qué intentaste matarme? —preguntó Sofía, dando un paso amenazador hacia adelante.
Cristina retrocedió por instinto.
Sabía perfectamente que Sofía era experta en artes marciales.
Santiago Valdivia era una leyenda, y Sofía había heredado todos sus conocimientos y habilidades.
—Tú querías a Isabel y estabas dispuesta a todo para que Leandro se casara con ella. Hasta te lastimaste a ti misma para lograrlo. Yo ya me había rendido y me aparté de su camino, ya habías ganado. ¿Por qué no pudiste dejarme en paz? ¿Cómo fuiste capaz de meter a una persona viva en un maletín y tirarla al río? ¿No tienes consciencia? ¿Cómo puedes ser un monstruo tan despiadado?
Cristina se pegó a la ventana, con el rostro completamente pálido.
—No tengo idea de lo que estás hablando.
¡Ja!
Ni siquiera iba a tener el valor de admitirlo.
Era obvio. Una mujer como ella, que pisoteaba a quien fuera con tal de conseguir lo que quería, había perdido el alma hace mucho tiempo.
Sofía alzó una ceja.
—¿Ah, no fuiste tú? ¡Entonces fue Isabel! Isabel planeó mi asesinato y ordenó que me tiraran al río, ¿cierto?
Cristina giró la cabeza bruscamente y la enfrentó con voz firme y furiosa.
—¡No te atrevas a difamar a mi Isa! Ella es una joven pura y buena, incapaz de lastimar ni a una mosca.
Toc, toc, toc...
La puerta se abrió y Jacinta asomó la cabeza.
—Señora, la Señora del Sexto Linaje y Coty están aquí.
Cristina se tragó su furia, acomodó su expresión y, con voz melosa, las invitó a pasar.
—Adelante, pasen.
Sofía volvió de inmediato a su papel de médica profesional y distante, concentrándose en abrir su maletín y preparar sus instrumentos.
Las dos mujeres entraron charlando animadamente.
—¿Todavía no empiezan? —preguntó la Señora del Sexto Linaje.
Cristina se acostó en la cama.
—Se está preparando para el tratamiento.
Coty, la joven socialité, aplaudió emocionada.
—¡Ay, qué oportunas! Llegamos justo a tiempo para ver el show.
Sofía, con total naturalidad, comenzó su trabajo.
Primero tomó el pulso para confirmar el diagnóstico, ubicó los puntos de presión, desinfectó las áreas y luego procedió a insertar las agujas con maestría.

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