Jimena estaba profundamente ofendida y sentía que la habían tratado muy mal.
Y Sandra solo atinaba a enseñarle a doblegarse, a besarle los pies a la abuela y a tragarse el orgullo.
Le estaba enseñando a su hija a sobrevivir usando los mismos métodos patéticos que ella usaba para lidiar con su madre.
En cuanto Sofía apareció, Jimena apartó a su madre de un manotazo.
Saltó del sofá como un resorte y corrió hacia su tía.
—¡Tía Sofía! ¡Buaaa...!
Estaba lista para contarle todas sus quejas.
Pero Sofía simplemente se aferró a las manos de Sebastián y Ana.
—¿¡Tía Sofía!?
Jimena soltó un torrente de sollozos y dramas, pero se dio cuenta de que Sofía no movía un dedo para consolarla.
Dejó de llorar abruptamente y la miró desconcertada.
¡Estaba llorando como magdalena! ¡Había sufrido una terrible injusticia!
¿Por qué Sofía no se inclinaba a mimarla y darle la razón?
Normalmente, bastaba con que estornudara para que su tía corriera a abrazarla.
Igual que la noche anterior, cuando se quejó de que su compañero de clase le había robado la goma de borrar. Sofía la había abrazado inmediatamente, y mientras le ayudaba a su hermana con la tarea, la había mantenido sentada en sus piernas, dejando que recostara su cabecita en su pecho cálido.
Jimena se dio cuenta de algo.
Bajó la mirada.
¡Oh!
La tía Sofía estaba agarrando de la mano a sus primitos. Tenía las manos ocupadas.
"Bueno, hay que ser comprensivos," pensó la niña. "Le diré lo que quiero y seguro ella irá a regañar a la abuela por mí".
Así como anoche, cuando la tía llamó a la maestra para pedir que la cambiaran de lugar.
Fue directo al grano: —Tía Sofía, la abuela me gritó.
Sofía le sonrió levemente: —Tu abuela lo hace por tu bien.
Jimena abrió los ojos de par en par.
Eso no.
¡Esa no era la respuesta correcta!
Lo que la tía debía decir era: "Ay, no llores princesa, iré a hablar con ella en este instante".
Decidió intentar de nuevo: —Tía Sofía, no me cae bien mi abuela.

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