Ella tenía un nuevo hombre.
Sus hijos tenían un nuevo padre.
La realidad era devastadora.
Sin embargo, Iván se negaba a creer que este fuera el final.
Su mente, acorralada, logró encontrar una nueva vía de esperanza.
Sofía había apoyado su carrera.
Había aportado ocho recetas exclusivas para su empresa médica.
Si una mujer era capaz de entregar el trabajo de toda su vida para impulsar a un hombre, significaba que ese hombre ocupaba un lugar fundamental en su corazón.
Al mirar a Sofía nuevamente, Iván sintió un renovado sentido de culpa.
—Fui yo el que se equivocó. Te rompí el corazón, te decepcioné. Dejé que acumularas tanto odio por mí que ahora solo buscas vengarte.
Con un tono dolorido y sincero, se disculpó:
—Perdóname, mi Sofi.
—Concéntrate en recuperarte.
—Hablaremos de lo nuestro... cuando estés mejor.
Al convencerse de que ella aún lo amaba en el fondo, decidió que no había prisa por resolver el lado romántico.
Para cuando Sofía estuviera recuperada, su empresa médica ya habría irrumpido en la industria farmacéutica con medicamentos exclusivos.
En ese entonces, él ya habría alcanzado el éxito, estaría en la cima del mundo, y usaría todo ese poder y riqueza para sanar las heridas del corazón de Sofía.
Aún tenía una oportunidad.
Iván le dirigió una última mirada a Lorenzo.
—Yo seré siempre el hombre más importante en la vida de Sofi. El vínculo que tiene conmigo no puede compararse con el de alguien que apareció de la nada para robársela.
Lorenzo no pudo evitar reírse.
—¿Doctor Quintana, cierto? Sin duda es usted muy "educado". Qué lógica tan excepcional.
Iván endureció la expresión.
—No perderé el tiempo con palabras. Competiremos de manera justa.
Sin perder un segundo más, salió de la habitación a paso rápido.
Por su parte, Isabel, que también había huido de allí aterrada, no la estaba pasando nada bien.
Leandro ya había salido de cirugía, con ambos ojos cubiertos por vendajes blancos.
Isabel estaba sentada junto a su cama, apoyando la barbilla en las manos mientras soltaba profundos suspiros.
Acostado boca arriba, Leandro preguntó:
—¿Qué pasa, Isa?
Isabel sabía que ambos compartían el mismo odio visceral hacia Sofía.
Siempre se contaban todo lo relacionado con esa mujer.
Si a Sofía le iba mal, se reían juntos.

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