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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 397

Había logrado tener control total sobre este hombre.

Ya no tendría que preocuparse de que fuera demasiado deslumbrante y alguien más intentara robárselo.

A medida que el sonido de sus tacones se alejaba, Leandro dio una palmada en la cama y llamó:

—¡Ayúdenme a levantarme!

Dos guardaespaldas se acercaron rápidamente.

—Señor Corona, ¿qué necesita?

—Quiero ir a ver a Benito.

Uno de ellos le puso el saco, le ayudó con los zapatos y lo acomodó en la silla de ruedas.

Leandro estaba internado en el Sector 3, el departamento de oftalmología.

Benito se encontraba en el Sector 12, en el departamento de neurocirugía.

Había un trayecto largo entre ambos puntos y tenían que cruzar varios edificios.

Cuando el guardaespaldas bajó por el ascensor empujando la silla de ruedas desde el Sector 3, se dio cuenta de que afuera estaba lloviendo.

Regresar por un paraguas implicaría volver a subir decenas de pisos.

Los ascensores del hospital eran un verdadero dolor de cabeza: paraban en cada piso, eran lentos y siempre iban abarrotados.

En ese momento, los ojos del guardaespaldas se iluminaron.

A un lado de la silla de ruedas, había un niño pequeño.

El niño sostenía un pequeño paraguas naranja, con una postura firme y seria. Parecía un chiquillo bien educado y respetuoso.

El guardaespaldas le habló con una gran sonrisa:

—Hola, amiguito, ¿podrías prestarle un momento tu paraguas al tío?

Mientras hablaba, señaló hacia adelante.

Justo enfrente había una puerta lateral abierta. Solo tendrían que cruzar la pequeña distancia entre los dos edificios. No tomaría más de un par de minutos.

Las orejitas de Sebastián se movieron ligeramente. Ladeó la cabeza y miró al hombre.

¿Señor Corona?

—No.

El guardaespaldas insistió con tono complaciente:

—Vamos, haznos el favor. A mi jefe lo acaban de operar de los ojos y no puede mojarse en la lluvia.

—Aunque le lluevan cuchillos, no es mi problema.

—¡Ay! Qué niño tan gruñón, ¿por qué hablas así?

Sebastián respondió con su dulce voz infantil, pero llena de firmeza:

—Mi paraguas es solo para que lo use mi papá.

Los dedos de Leandro, apoyados sobre el reposabrazos, se aferraron con fuerza al borde.

Una risa cálida resonó a sus espaldas.

—Hijo, ¿viniste a buscarme?

Era Lorenzo.

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