—¡Jajajaja...! Esa pista de aterrizaje es genial, tiene cabello como pasto. Mami y papi no se cayeron de la canasta.
Era la risa de Ana.
*Pum, pum, pum...*
Alguien se acercó corriendo.
Leandro llevaba encima la humillante "pista de aterrizaje".
Ni siquiera sabía qué demonios le había caído en la cabeza.
Su mente estaba hecha un nudo. Si se lo quitaba él mismo, parecería un cobarde que se dejaba humillar, pero si lo dejaba ahí, se vería como un completo payaso.
Preguntó al guardaespaldas con los dientes apretados:
—¿Qué es esto?
—Una pequeña canasta de flores —respondió el hombre, indignado.
Leandro tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Sé más específico. Quiero los detalles.
El guardaespaldas observó el objeto con detenimiento.
—En su cabeza, tiene una canasta adornada con rosas blancas. Dentro hay una sillita mecedora, y sentados ahí hay un hombre y una mujer mirándose con amor. Ella tiene un vestido de novia y una corona de flores, él lleva un traje negro elegante. Además... entre las flores hay un enorme anillo de compromiso de diamantes.
El guardaespaldas no había retirado la canasta de inmediato porque pretendía usarla como "evidencia" para reprender al desgraciado que se había atrevido a faltarle el respeto a su jefe.
—¿Ustedes hicieron esto? —gritó, furioso.
Sebastián estaba de pie junto a Ana. Detrás de él estaban sus guardaespaldas, y tras ellos, Ferrer venía corriendo.
—¡Vaya! Si es... ¿el joven señor Corona?
Leandro no reconoció a Ferrer. Sin identificar la voz, preguntó con un tono gélido:
—¿Cómo piensan resolver esto?
—Mil disculpas, mil disculpas —Ferrer le quitó el control remoto a Sebastián y, tras presionar un par de botones, el dron, que había quedado pegado al techo, volvió a volar.
La canasta de flores despegó de la improvisada pista de aterrizaje en la cabeza de Leandro.
Inmediatamente cambió de rumbo y regresó volando hacia la habitación 008.
—Hoy el señor Lira le está proponiendo matrimonio a la doctora Valdivia. Le pedimos a Sebastián que llevara el anillo de compromiso, pero al pequeño se le fue de las manos el dron y terminó incomodándolo. De verdad, lo sentimos mucho —Ferrer le dio un ligero empujón a Sebastián—. Discúlpate rápido con el señor Corona.
Sebastián resopló con desdén.
—No lo merece.
Dicho esto, se dio la vuelta y se fue.
—Tú... —El guardaespaldas estaba que hervía de rabia—. ¡Lo hizo a propósito!
Desde negarles el paraguas hasta bloquearlos en el ascensor, ese mocoso ya había hecho suficiente.
¡Estaba provocándolo deliberadamente! ¡Aprovechándose de que su jefe estaba ciego!

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