Sin embargo, Iván recuperó la compostura rápidamente.
Solo bastaba con decirle a Sofía que los hiciera en casa. Con la oportunidad de ganar dinero, ella estaría más que feliz.
Así que, con tono seguro, le dijo a Leandro: —Tenemos poco stock en la farmacia, pero aceleraré la producción y enviaré a alguien para que se los entregue.
Leandro asintió. —Lo más pronto posible.
A Isabel ya no le dolía la cara y estaba de buen humor.
Se sentó y habló con su pareja con una sonrisa.
—Leandro, invitemos al doctor Quintana y a la doctora Huerta a cenar esta noche.
El doctor los había ayudado, y la cena sería una excelente oportunidad para hablar de negocios y presentarle a la señora Solis. Además, en dos días ella comenzaría a grabar su reality show y tendría la agenda llena.
Leandro le extendió la invitación a Iván de inmediato.
—Esta noche cenaremos juntos en el Restaurante Musical del Parque Acuático.
Iván se ajustó los lentes.
Conocía bien ese lugar.
Era carísimo. La pura entrada para ver el espectáculo costaba quinientos pesos por persona, sin importar si eras niño o adulto. Y la comida... un plato de cerdo agridulce costaba casi trescientos pesos, y venía en un plato gigante con apenas un puñadito de carne al centro; con un bocado por persona se acababa.
Si un adulto quería llenarse, ni con diez platos sería suficiente.
Para el Día del Niño, en junio, Sebastián y Ana le habían rogado ir. En ese entonces, Iván se negó. Llevar a toda la familia solo para comer algo básico costaría miles de pesos, y sintió que no valía la pena. En su lugar, los llevó a jugar con agua al Arroyo del Valle Floral por solo quince pesos, donde pescaron pececitos de plástico, y los niños fueron igual de felices.
Iván sonrió con cortesía. —Señor Corona, es un gasto demasiado grande.
—Para nada, es lo justo —respondió Leandro con seriedad.
Al enterarse de que cenarían con Isabel Molina, Selina Huerta aprovechó su hora de almuerzo para contactar a Julieta Quintana.
Sofía llevaba dos días seguidos sin estar en casa. Julieta y su hermana por fin tenían libertad total para usar sus celulares. Esa mañana los habían escondido en sus mochilas para llevarlos a la escuela, y ahora hablaban a escondidas desde los baños.
[Mi amor y yo vamos a cenar con la diosa de la televisión esta noche. ¿Quieren venir?]
Julieta respondió emocionada: [¡Sí, vamos!]
[Entonces, cuando lleguen a casa, terminen rápido su tarea, y el tío pasará a recogerlas.]
Julieta: [¡Jajaja! ¡Qué emoción! Ya ni quiero entrar a mis clases de la tarde, son súper aburridas.]
[Te entiendo, estar encerrada todo el día en la escuela es pesado, a los niños les cansa estudiar tanto.]
Julieta, con ganas de llorar de emoción: [Tía Selina, eres la mejor. Eres tan comprensiva, tierna y empática. No como Sofía.]

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