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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 75

Ana no dejó de pensar en el espectáculo. Llevaba media hora recostada, pero seguía parpadeando.

Sofía se recostó a su lado y le dio palmaditas suaves.

—Cierra los ojitos, princesa. Si descansas bien, tendrás mucha energía para disfrutar al máximo esta noche.

—Ya estoy dormidita, mamá, no te preocupes —murmuró Ana, dándose la vuelta para darle la espalda a su mamá.

El resultado de esa siesta tardía fue que Ana despertó casi a las seis de la tarde.

Sofía y Celeste tomaron de la mano a los niños; cada una llevaba una mochila enorme, y del cuello les colgaban cantimploras de Bob Esponja.

Hicieron el pago en el hotel y salieron decididas a tomar un taxi.

Pero justo era la hora pico, y el tráfico parecía una serpiente interminable. Además, como estaban en una zona llena de turistas, no había ningún auto de aplicación disponible.

Celeste sugirió: —Deberíamos llamarle a Iván para que nos recoja en el auto de la familia. Sería más fácil.

—Hoy tiene su reunión de excompañeros, no tiene tiempo para venir —respondió Sofía.

—Inténtalo. ¿Qué tal si está cerca de aquí?

Sofía miró a los niños. Ana acababa de despertar y tenía las mejillas rosadas; la brisa movía sus rizos sueltos y aún tenía sudor en la frente. Sebastián, en cambio, tenía el ceño fruncido; seguramente le preocupaba que llegaran tarde, que las entradas se agotaran y que todo terminara en decepción. Los niños tienen un gran orgullo, y Sebastián ya había sufrido bastantes golpes emocionales.

Sin dudarlo más, Sofía marcó el número de Iván.

[¿Dónde estás?] le preguntó.

Iván: [En Sazón de los Jorquera. ¿Pasa algo?]

Sofía conocía ese restaurante. A principios de año, Iván los había llevado ahí para el cumpleaños de la señora Quintana. Ese restaurante de comida picante quedaba muy al sur de la ciudad, y ellas estaban en el extremo opuesto; los separaban más de treinta kilómetros.

No había de otra.

[Nada, no te preocupes. Sigue con tus amigos, colgaré.]

Parecía que él y su adorada Isabel sentían comezón si no le amargaban la vida a Sofía aunque fuera un día. ¿Incluso hasta aquí los habían seguido?

Celeste le dio un codazo a Sofía. —Ahí está el exmarido desgraciado.

—¿Qué?

Por puro instinto, Sofía rodeó a los niños con los brazos, ocultando sus caritas contra sus piernas para que no los vieran.

Al mirar en la dirección que apuntaba Celeste, en la zona de estacionamiento, destacó un despampanante auto deportivo rojo entre los autos negros comunes, brillando como una rosa venenosa. Definitivamente era el auto favorito de Isabel.

Ana se aferró a las piernas de Sofía, se puso de puntitas y levantó su carita.

—Mamá, ¿no nos alcanza la plata para los boletos?

A ella nunca se le olvidó que ese lugar era muy caro. Estaba tan feliz, cantando y saltando, y de pronto su mamá la detuvo de golpe. Pensó que ya no podrían entrar.

Sebastián también la miró desde abajo. —Yo invito hoy, no te preocupes por el dinero. Ponlo tú primero, y cuando lleguemos a casa rompo mi alcancía y te lo devuelvo.

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