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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 79

La figura de Sebastián quedó oculta detrás de la gente más alta.

Sofía ya no podía verlo. Alarmada, tomó en brazos a Ana y se dispuso a ir a buscarlo.

Apenas había dado unos pasos cuando vio a Sebastián salir corriendo entre la gente como un pequeño torbellino.

Sofía se agachó rápidamente para atraparlo.

El niño respiraba agitado y temblaba entero.

—Sebas, mi amor, ¿qué pasó? —preguntó Sofía en voz baja.

Sebastián no respondió. Solo se aferró a ella con fuerza, escondiendo su cuerpecito en su pecho.

Sofía bajó a Ana para tener las manos libres, tomó a Sebastián en brazos y regresó a la mesa.

Cuando el niño se calmó, la miró con absoluta seriedad y le dijo:

—Mamá, nos vamos a mudar.

Sofía lo miró sorprendida. Que un niño de dos años estuviera pensando en mudarse significaba que había pasado algo muy grave. Con lo reservado y fuerte que era, aquello debió haberlo afectado más de lo que podía soportar.

—¿Me puedes decir por qué quieres mudarte, mi vida?

Sebastián apretó los dientes. —Nos alejaremos de la familia Quintana y viviremos por nuestra cuenta a partir de esta misma noche.

La mudanza ya estaba en los planes de Sofía. La casa nueva llevaba seis meses arreglada y ventilándose, y los muebles principales como las camas, armarios, pantallas y los gabinetes de la cocina ya estaban instalados. Todo estaba listo para habitar.

No dudó en apoyar a su hijo. —De acuerdo. Mamá los llevará a nuestra nueva casa.

Ana, que estaba apoyada en sus piernas, se mostró muy nerviosa.

—Mamá... ¿nos vamos a ir a vivir a la calle?

Al salir al patio trasero, se veía un pequeño estanque con nenúfares y libélulas revoloteando. Alrededor del estanque había un área de tierra sembrada con rosales enanos que ya comenzaban a florecer. En las esquinas del jardín, los árboles frutales brillaban verdes y radiantes. Las naranjitas aún estaban verdes, pero algunas manzanas ya se veían rojitas, aunque eran tan pequeñitas que parecían de juguete. Debajo de un árbol, una pequeña cerca resguardaba el área que sería el hogar de pollitos, patos y conejos.

—¿Qué les parece? —preguntó Sofía, radiante.

Ana abrió los ojitos con fascinación. —Mamá, ¿de quién es esa casa?

—Es nuestra nueva casa.

—Rentar algo así debe costar muchísimo dinero —dijo Sebastián, frunciendo el ceño.

Julieta y Jimena le habían dicho que Iván había corrido a su mamá, y que encima ya no encontraría trabajo en ningún lado porque el tío de Valentina Molina tenía muchas influencias y le iba a arruinar la vida. Con su mamá sin ingresos y dos niños que alimentar, ¿cómo pagarían algo así?

Sofía acarició suavemente la cabecita de Sebastián y sonrió.

—Desde que ustedes estaban en mi pancita, mamá pensó en tener un lugar propio para darles un hogar seguro y estable.

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