Después de que Magdalena Jurado recibió el alta del hospital, regresó a su casa. La limpió de arriba a abajo y añadió algunos adornos para darle un toque más hogareño.
Este departamento era de su propiedad desde antes de casarse; no era muy grande, pero resultaba mucho más acogedor que aquella mansión fría y sin vida.
Inexplicablemente, Magdalena sintió el alivio de quien escapa de una jaula.
Como su nueva serie estaba a punto de empezar a grabarse, esa noche tenía que asistir a una cena con el equipo de producción.
Antes de eso, llamó al segundo asistente de Federico para hacer el traspaso de trabajo.
Habían quedado a las tres de la tarde, pero Magdalena esperó dos horas enteras en la mansión sin que él apareciera.
Era evidente que la había dejado plantada.
—Disculpe, señora, el señor Suárez y la señorita Cárdenas tienen una cena de negocios esta noche, no tengo tiempo de ir a la mansión.
El estilo de este segundo asistente era muy distinto al del secretario Yáñez. Al encargarse de la vida personal del jefe, se creía con derecho a ciertas confianzas.
Normalmente, Magdalena lo dejaba pasar para no causarle más dolores de cabeza a Federico, pero ahora no tenía por qué seguir aguantando.
—Si no tenías tiempo, podías habérmelo dicho antes, en lugar de disculparte después de hacerme esperar dos horas.
Sergio no esperaba que ella le contestara. Se quedó callado un momento y, poniendo los ojos en blanco al otro lado de la línea, replicó:
—El tiempo del señor Suárez es muy valioso, no le gusta que lo interrumpan con llamadas mientras está en reuniones.
—¿Reuniones? —Magdalena esbozó una sonrisa irónica y preguntó a propósito—: ¿Acaso el secretario Yáñez renunció?
Lo que insinuaba era claro: él solo era un asistente personal, no un secretario ejecutivo.
Hubo otro silencio incómodo en la línea.
—Hoy vine a entregarte mis responsabilidades —continuó Magdalena—. A partir de mañana, tú te harás cargo de las tres comidas del señor Suárez, de su vestuario para los eventos y de cualquier otro detalle de su vida diaria.
Se apoyó en la barra de la cocina, deslizando el dedo por la agenda electrónica en la pantalla de su celular.
—Tengo un compromiso a las seis. Si no apareces en menos de una hora, no te daré las llaves. Y si el señor Suárez se queda sin ropa, pues que vaya desnudo a su gala.
Sergio la maldijo en silencio, pensando que las mujeres eran imposibles de tratar, y trató de dárselas de importante:
—Señora, los asuntos de la empresa del señor Suárez, quizá usted no los entienda del todo...
A decir verdad, Sergio menospreciaba a Magdalena. Para él, ella solo era una esposa de adorno que apenas veía a su marido unas pocas veces al año; no estaba al mismo nivel que un profesional graduado de una universidad de prestigio como él.
Magdalena no le dio el gusto de seguir discutiendo y le colgó directamente.
Unas decenas de minutos después, Sergio llegó corriendo a la mansión, sin aliento. El traje de marca que llevaba, y que siempre cuidaba meticulosamente sin mandarlo a la tintorería por lo caro que era, estaba completamente arrugado.
—Señora —dijo Sergio con tono sarcástico—, si tiene algún problema, puede hablarlo directamente con el señor Suárez, no nos complique la vida a los empleados.
Magdalena lo ignoró como si no hubiera escuchado su pulla.
Ser asistente personal sonaba fácil, pero requería un conocimiento exhaustivo de ropa, accesorios, marcas, relaciones públicas, la naturaleza de cada evento y los códigos de vestimenta de diferentes empresas. Por ejemplo, los clientes extranjeros solían tener su propio código de negocios.
Como presidente del grupo, Federico asistía a una infinidad de eventos complejos; no era algo que se pudiera delegar con un par de palabras.
Sergio sintió que la cabeza le daba vueltas.
Había olvidado que, tiempo atrás, cuando notó lo perdidamente enamorada que estaba Magdalena de su jefe, le había traspasado todas esas responsabilidades de prisa, y a ella le había bastado un solo día para asimilarlo todo.
Antes de la gala, Sergio llevó la ropa del evento a la oficina, tragándose los nervios.
Federico se cambió en la sala de descanso y, al mirarse en el espejo, se quedó sin palabras.
—¿Cómo hicieron las cosas Magdalena y tú? —le preguntó a Sergio, visiblemente molesto.
Anaís, que esperaba a un lado, se tapó la boca fingiendo sorpresa y comentó:
—¿Cómo va a usar colores tan saturados para una gala de negocios?
El rostro de Federico reflejaba puro desagrado.



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