Magdalena se quedó mirando en silencio a Sergio y a Federico.
A fin de cuentas, ella era la esposa de Federico.
Siempre que salía de casa, Magdalena se esmeraba en proteger la imagen de su marido. Jamás diría algo como: 'Yo soy la esposa de Federico, tú no eres nadie para darme lecciones'.
Poner en su lugar a un subordinado era trabajo del propio Federico.
Sin embargo, él se limitó a lanzarle una mirada gélida.
—Magdalena, me tienes muy decepcionado.
El corazón de ella dio un vuelco, y hasta los efectos del alcohol que había bebido en la cena parecieron disiparse de golpe.
No recordaba haber hecho nada para ofenderlo, y sin embargo, recibía un 'me tienes muy decepcionado'.
Para Federico, ella valía menos que un simple asistente.
La expresión de Sergio cambió ligeramente.
Por su parte, Anaís se abrazó a sí misma y se frotó los brazos.
—Federico, hace mucho frío aquí. Considerando que yo te compré este saco, ¿no sería mucho pedir que me lo prestes un ratito?
Levantó la vista hacia el hombre a su lado y le rogó con voz mimada:
—¿Sí? Por favor.
Luego, ladeó la cabeza y le sonrió a Magdalena.
—Magda, supongo que a ti no te importa, ¿verdad?
Magdalena alzó una ceja y la miró fijamente.
—Sí me importa. Soy muy sensible a los olores, especialmente al olor a mosca muerta.
Para entonces, Federico ya se había quitado el saco y se lo había puesto a Anaís sobre los hombros, frunciendo el ceño.
—Magdalena, deja tus berrinches infantiles.
Ella no dijo una sola palabra más, limitándose a observar cómo Anaís ponía cara de víctima mientras se apoyaba en su marido.
Ambos regresaron juntos al salón, luciendo como una pareja perfecta y enamorada.
El corazón de Magdalena se llenó de una amargura tan profunda que no encontró fuerzas ni para pronunciar una réplica.
Sabía muy bien que solo quienes son amados pueden darse el lujo de ser arrogantes. Dijera lo que dijera, siempre la tacharían de inmadura.
Anaís, aferrada al brazo de Federico, murmuró con fingida tristeza:

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