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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 14

La salud de doña Elvira ya se había estabilizado, aunque aún debía permanecer en observación durante un tiempo.

Por suerte, el sanatorio privado ofrecía un ambiente excelente y contaba con todas las comodidades, así que no había de qué preocuparse.

Cuando el secretario Yáñez le informó sobre la situación, Magdalena dejó escapar un suspiro de alivio, y solo entonces le preguntó por los papeles del divorcio.

—Señora —le advirtió el secretario—, si aún desea conservar al señor Suárez, debería dejar de ponerlo a prueba.

Magdalena se quedó paralizada un segundo, captando el doble sentido de sus palabras.

Por un lado, le decía que ni soñara con ganar el corazón de Federico, porque era imposible; por el otro, le dejaba claro que nadie creía que quisiera divorciarse de verdad, asumiendo que solo estaba haciendo un berrinche.

Pensó que no tenía sentido intentar explicarse ante el secretario, pero había cosas que necesitaba aclarar cara a cara con su marido.

—Secretario Yáñez, hágame el favor de agendarme una cita con el señor Suárez.

El secretario negó con la cabeza en silencio, convencido de que Magdalena era terca. Si seguía forzando los límites de su jefe solo para llamar la atención, su situación no tendría remedio.

—Muy bien, señora. El señor Suárez solo tiene disponibilidad el próximo jueves a partir de las siete de la noche. ¿Le parece bien en la mansión?

La mansión ofrecía suficiente privacidad para evitar interrupciones; de hecho, era una buena opción.

Sara guardaba los alimentos ordenadamente en el refrigerador de Magdalena y, al notar su semblante lúgubre, le preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Federico no te quiere dar el divorcio?

A cualquiera que escuchara aquello, le daría risa.

Los Suárez pertenecían a la élite y Federico tenía una fortuna que superaba los miles de millones.

Con esos antecedentes y siendo el presidente de Orizon, ¿por qué demonios se iba a negar a divorciarse?

Pero para Sara, Magdalena valía diez veces más que ese tipo; la desgracia era que él no sabía valorarla.

Al parecer, Federico no había vuelto a casa en esos días.

Él ignoraba que Magdalena se había mudado, y ella tampoco se había molestado en decírselo.

Magdalena negó con la cabeza.

—Creen que estoy usando todo esto como un truco para recuperarlo.

La madre y el hermano menor de Magdalena.

Magdalena se quedó petrificada en su lugar. Sentía como si algo le obstruyera la garganta, impidiéndole articular una sola palabra.

¡Su propia madre había tomado sus documentos a sus espaldas para vender el único lugar seguro que le quedaba después del divorcio!

Y por si fuera poco, no planeaba darle ni un centavo de la venta; todo el dinero iba directo a los bolsillos de su hermano, que apenas acababa de cumplir dieciocho años.

El agente inmobiliario guardó los papeles de vuelta en la carpeta.

—Como puede ver, la propiedad se vendió hace dos meses. Ahora el título está a nombre de estas personas.

El pecho de Magdalena subía y bajaba agitadamente.

—Yo jamás autoricé la venta de este departamento. Y, suponiendo que así fuera, ¿por qué no me pidieron permiso para mostrarlo? ¿Por qué tuvieron que esperar hasta el día de la entrega para aparecerse?

El agente inmobiliario la miró con cara de incomprensión.

—Pero si ya lo mostramos varias veces. Sus padres nos trajeron, y acordamos que todos los muebles se quedarían sin costo adicional para los nuevos dueños a cambio de agilizar el pago. Por cierto, señorita Jurado, se nota que es usted artista. Tiene un gusto impecable; estos muebles combinan con muchísima elegancia.

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