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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 15

Al ver a unos desconocidos pasar las manos por su sofá, donde incluso había dejado tirado su pijama, a Magdalena se le revolvió el estómago.

El agente inmobiliario miraba de reojo hacia las habitaciones.

Sin pronunciar palabra, Magdalena caminó a paso rápido hacia el ventanal, tomó la ropa interior que había dejado secando, la arrojó apresuradamente dentro de su habitación y le puso llave a la puerta.

Para ese momento, Sara también había logrado procesar la situación.

Conocía de sobra la pésima relación que Magdalena tenía con sus padres.

Años atrás, cuando Magdalena estaba por hacer su examen de admisión a la universidad, sus padres alteraron su solicitud. Desde entonces, ella había tenido que trabajar y estudiar al mismo tiempo, visitando a su familia muy rara vez.

Seguramente fue en la época de su boda cuando visitaron el departamento y averiguaron la clave.

—Siéntate un momento —le pidió Sara, ayudándola a acomodarse en un sillón, sabiendo que la situación era crítica.

Magdalena, con el rostro pálido como el papel, se dirigió al agente inmobiliario:

—Disculpen, ¿me permiten hacer una llamada para confirmar esto?

Abrió una aplicación de comida a domicilio y rápidamente hizo un pedido.

—Ahí afuera hay sillones. Los invito a tomar un café mientras esperan.

El agente no puso muy buena cara, pero, como tampoco quería incomodar a sus clientes, no le quedó más remedio que aceptar.

—Pero no se tarde, por favor.

Magdalena ya estaba marcando el número de su casa.

Quien contestó fue su madre, Natalia:

—Ya te había hablado de esto, ¿por qué armas tanto alboroto?

Magdalena apretó el celular con tanta fuerza que las puntas de sus dedos se entumecieron.

—Recuerdo haberte dicho que no. ¡Ese departamento es mío!

Había firmado un acuerdo prenupcial con Federico. A menos que él decidiera darle algo voluntariamente, tras el divorcio no recibiría ni un solo centavo.

Prácticamente la había dejado en la calle.

Pero eso no era lo que más le dolía y decepcionaba.

Este incidente solo le recordaba que, desde que era una niña, a Natalia jamás le habían importado sus sentimientos. Desde las cosas pequeñas, como entrar a su cuarto sin tocar, hasta las decisiones cruciales, como cambiar sus opciones universitarias. Siempre la había tratado como a un títere al que podía moldear a su antojo.

Lo que más le había atraído de Federico era su carácter resolutivo, su claridad de objetivos y su seguridad sobre lo que quería. Magdalena llegó a creer que, si se entregaba sin reservas, él valoraría sus verdaderos sentimientos. Pero solo había saltado de una jaula a otra.

No se arrepentía; ni siquiera había derramado una lágrima al tomar la decisión de divorciarse, porque al menos lo había elegido por voluntad propia.

Pero en ese momento, sintió que los ojos le ardían terriblemente.

—¡Demándame si quieres! —gritó Natalia—. A ver quién queda peor. Hace unos días, las noticias de tus amoríos nos dejaron en vergüenza con todo el mundo. Ni siquiera puedes mantener a raya a tu propio marido, pero sí te crees con derecho a darnos lecciones a tus padres.

Y con eso, colgó.

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