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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 16

El agente inmobiliario regresó acompañado por la familia para seguir con el recorrido.

Sara se acercó y rodeó los hombros de Magdalena con delicadeza.

El nuevo propietario le echó una mirada a Magdalena y murmuró con desconfianza:

—Se ve muy bonita la muchacha, pero qué mal se comporta, ¿no? Ya cobraron y no nos deja ver la casa, ¿no será una estafadora?

A Sara se le frunció el ceño, lista para saltar:

—¿A quién le dices estafadora?

El agente inmobiliario trató de apaciguar las cosas con una sonrisa nerviosa:

—No, no, para nada. Es solo que la dueña anterior no ha terminado de empacar, pero ya se van. Además, la señorita Jurado es una artista famosa, no se atrevería a engañar a nadie, ¿verdad?

El nuevo dueño entrecerró los ojos.

—Oye, ahora que lo dices, sí se me hace conocida. —Leyó el nombre en los documentos—. Tú... ¿no eres la amante que salió en las noticias hace un par de días? Oiga, si esto es propiedad compartida de un matrimonio y hay problemas, nosotros no queremos nada. Qué suciedad, nos va a traer puras malas vibras.

Magdalena apretó los labios con fuerza.

No le temía a los insultos; como actriz, estaba acostumbrada a que el público la juzgara. Lo había vivido innumerables veces.

Lo verdaderamente doloroso era cargar con el estigma de ser 'la amante' por algo que no era cierto.

Y la persona responsable de mancharla de esa manera era su propio esposo.

Ese pensamiento le causó una punzada de dolor que superaba por mucho las críticas vacías de unos extraños.

De repente, se escuchó el sonido del obturador de una cámara.

El hijo joven de la familia le había tomado una foto a Magdalena, quien solo llevaba puesto un ligero camisón.

Muy sensible a las cámaras, Magdalena se cubrió el rostro con las manos y exigió con firmeza:

—Borra esa foto ahora mismo, por favor.

Sara se le acercó al muchacho para vigilarlo.

—Y también bórrala de la papelera de reciclaje.

—Tch, qué delicada, por ser famosita ya ni fotos se deja tomar —se quejó el chico.

—Sea quien sea, nadie tiene por qué aguantar que le tomen fotos en su propia casa sin permiso. ¡Eso es invasión a la privacidad! —replicó Sara.

Todo el escándalo terminó alertando a la administración del edificio.

El personal de administración, sin saber muy bien qué hacer, trató de mediar pacíficamente:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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