Un silencio incómodo se apoderó de los presentes, mientras en sus cabezas los gritos de asombro no paraban.
¡Dios mío, el enfrentamiento entre la futura jefa y la supuesta amante, en vivo y a todo color!
Al ver a Magdalena, Anaís esbozó una sonrisa de satisfacción:
—Qué bueno que llegaste. Te guardamos un lugar junto al director Silvio.
Las expresiones de los demás se volvieron indescifrables.
Magdalena llevaba un par de años sin actuar, pero seguía conservando a la mejor representante y un contrato con mucha libertad. Cualquiera dudaría que no hubiera algún trato bajo la mesa. Lo que no sabían era si había escalado posiciones acostándose con el director Silvio o con el señor Suárez.
Como siempre ocurre cuando llega un nuevo jefe, sobraban los que querían arrastrarse para ganarse el favor de la vicepresidenta Cárdenas.
La copa frente a Magdalena estaba llena hasta el borde.
—Magda, llegaste tarde. Te toca castigo: tres tragos secos.
—Así es. Nosotros insistimos en invitarte y el director Silvio se oponía. Así que no solo te tocan tus tres tragos, sino que debes darle las gracias al director.
Magdalena sabía desde un principio que aquella cena era una trampa. Pero trabajando todos en la misma empresa, no había forma de esconderse para siempre. Dejó su bolso a un lado y, aguantando el malestar de su cuerpo, se bebió de un trago el whisky sin diluir.
El líquido ardiente le rasgó la garganta y la hizo toser con fuerza.
Después de los tres vasos, sentía punzadas de dolor hasta en los huesos.
Las luces multicolores se mezclaban con los estruendosos efectos de sonido del salón.
Con el rostro aún más pálido, Magdalena se sirvió otros tres tragos y soltó un discurso impecable:
—Hice esperar a todos, así que el castigo es más que justo. Sin embargo, no soy más que una simple empleada. Si la directora Cárdenas insistió en esperarme, solo me queda agradecer el honor que me hace.
Sonrió y alzó su copa hacia Anaís:
—Gracias, directora Cárdenas.
Bastaron un par de frases para que los demás entendieran lo que pasaba.
¡Claro! Eran problemas personales entre Anaís y Magdalena, ¿por qué los metían a ellos en su pleito?
Al final, solo se trataba de humillar a una actriz que no podía defenderse.
El rostro de Anaís se tensó levemente y su sonrisa perdió brillo.
Magdalena se sirvió otra copa:
—¿Por qué no cantan una canción romántica los dos? —propuso la chica—. ¡El director Silvio canta increíble!
Silvio, que conocía perfectamente la identidad de Magdalena, se negó rotundamente.
—Ya basta, pónganse a comer a ver si así se callan.
Magdalena no dijo nada y se dedicó a picar algo de la bandeja de frutas, asumiendo su papel de enferma.
Pasó un rato y no parecía que la reunión fuera a terminar pronto.
Sintiéndose cada vez peor, Magdalena se excusó para ir al baño y salió del salón.
Se apoyó contra la pared al entrar al baño y sostuvo su peso sobre la encimera de mármol. Tenía las manos y los pies helados, temblando, pero su garganta ardía como el fuego. Vomitó enormes bocanadas de ácido estomacal, como si le salieran desde los huesos.
El termómetro emitió un pitido: 38.6°C.
Magdalena se echó un poco de agua en el rostro con cuidado, se arregló y se dispuso a volver.
Anaís la estaba esperando justo en la puerta. Al verla salir, habló con una calma exasperante:
—No te creas que fingir que quieres rescindir tu contrato hará que Federico te vea con mejores ojos.

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