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Ya no soy tu Esposa, ni su Madre, ni su Hija: Solo Soy Yo romance Capítulo 12

Leticia sentía un nudo en la garganta. Pensar que, tras divorciarse de Patricio, perdería la custodia de Alejandro significaba que su madre tendría aún menos oportunidades de ver a su nieto. Ella se había casado en secreto, algo con lo que Cecilia nunca estuvo de acuerdo. Ahora que se iba a divorciar, no podía seguir ocultándoselo.

—Mamá, Patricio me pidió el divorcio —dijo Leticia en voz baja.

Hubo un instante de silencio en la oscuridad de la noche.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Cecilia.

—Acepté.

Cecilia suspiró y, de pronto, sonrió.

—Mejor así.

—La familia Quezada es demasiado para nosotras, fue un error apuntar tan alto. —Mientras hablaba, a Cecilia se le escaparon unas lágrimas. Luego, como si intentara consolarse, añadió—: Es bueno que te divorcies. Yo nunca quise que te casaras con un millonario, solo quiero que encuentres a alguien que te entienda, que te trate con cariño, que te cuide y con quien puedas tener una vida tranquila.

Leticia sonrió. Seguramente ese era el deseo más sincero de cualquier madre en el mundo. Pero ahora lo tenía claro: una mujer no tiene por qué casarse ni buscar desesperadamente a un buen hombre. Lo más importante es salir adelante por sí misma; el amor y el matrimonio no son indispensables en la vida.

—¿Y qué pasará con Alejito?

—No pelearé la custodia. Para su futuro, es mejor que se quede con los Quezada.

En la penumbra se escuchó a Cecilia sorberse la nariz. Al fin y al cabo, ella había criado a Alejandro con sus propias manos y le dolía en el alma separarse de él.

—Cualquier decisión que tomes, tu mamá te apoyará.

—Gracias, mamá.

—Ahora estoy trabajando en la empresa de Miguel López, un compañero de la universidad. Es probable que me manden a capacitarme al extranjero por un par de años, y después ya podré establecerme aquí definitivamente —explicó Leticia, para que su madre se fuera haciendo a la idea.

—No te preocupes. Haz lo que tengas que hacer, yo me encargo de cuidar a tu abuela.

Cecilia miró a su hija. Desde pequeña había sido una niña obediente y sensata; era hermosa, de piel radiante, y muy inteligente. Merecía llegar mucho más lejos. De lo que menos se arrepentía en toda su vida era de haberla adoptado aquel día. Y en cuanto al hombre que no supo valorarla, peor para él, debía estar ciego.

Leticia también estaba conmovida. No solía ser muy expresiva, y la relación con su madre siempre había sido algo reservada, pero en ese momento deseó abrazarla con todas sus fuerzas. Se armó de valor y justo cuando iba a extender los brazos...

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