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Ya no soy tu Esposa, ni su Madre, ni su Hija: Solo Soy Yo romance Capítulo 13

Cecilia y Julieta se quedaron heladas. Un silencio sepulcral llenó el aire. A Leticia se le llenaron los ojos de lágrimas al instante.

—Perdón, mamá. Perdón, abuela. Es mi culpa por tenerlo tan consentido.

Luego, se dirigió a su hijo:

—¡Alejandro! Pídeles perdón a tu abuela y a tu bisabuela ahora mismo.

—¡No quiero! —Alejandro apretó los labios y se dio la vuelta.

No creía que su madre fuera a castigarlo de verdad. Desde que nació, ella jamás le había levantado la voz. Además, si se atrevía a hacerlo, ni su abuela Magdalena ni su papá lo permitirían.

—Alejandro... —Leticia usó un tono severo.

Cecilia intervino en voz baja:

—Déjalo, todavía está muy chiquito...

Julieta la secundó:

—Los niños son así. Cuando crezca se portará mejor.

Tras el mal momento, Leticia no tuvo más remedio que llevarse a su hijo. El callejón era largo, sinuoso y oscuro; solo al final había un farol que proyectaba una luz amarillenta y tenue. Leticia y Alejandro caminaban uno al lado del otro, ambos con mala cara.

—Me decepcionaste mucho hoy, Alejandro.

El niño se mordió el labio con terquedad.

—Tu abuela y tu bisabuela te quieren muchísimo, si te portas así, les rompes el corazón —continuó Leticia, tratando de hacerlo entrar en razón.

—Yo solo quería que nos fuéramos a nuestra casa, me choca venir aquí. ¿Acaso no puedo? —Alejandro frunció la boca, con expresión desafiante.

Aquella mirada fría era idéntica a la de Patricio.

Leticia respiró hondo.

—Cuando eras un bebé...

—¡No quiero oírlo, no quiero oír nada!

Como si quisiera sacarla de quicio, Alejandro se tapó los oídos y sacudió la cabeza, negándose a escuchar. Leticia lo miró con decepción y no tuvo más remedio que guardar silencio. Durante el camino de regreso, no se escuchó ni un solo ruido en el auto. Alejandro iba con el ceño fruncido, mirando por la ventana, sumido en sus pensamientos.

El coche entró a la Residencia Colinas del Valle. Leticia se bajó junto con Alejandro. De repente, escuchó la risa alegre de una mujer y levantó la vista. Patricio estaba conversando con unos amigos. Llevaba una camisa blanca y pantalón negro, con el saco del traje colgado casualmente del brazo, desprendiendo un aire relajado y muy atractivo. Ximena Ortiz estaba frente a él, con una suave sonrisa en los labios, levantando la mano para acomodarle la corbata que llevaba torcida.

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