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Yo tomaré tu lugar romance Capítulo 52

Capítulo 52

Cuando volvimos a la casa ya era de noche, las luces de la entrada encendidas, el auto de Martín estacionado. Entré cojeando, con la venda bien a la vista, y apenas crucé el recibidor escuché los gritos.

Rebeca.

Otra vez.

—¡Te dije que estés pendiente! —le gritaba a Yolanda—. ¡No estoy para tus estupideces! Al verme se quedó en seco, su cara cambió en un segundo, pasó de furiosa a desbordada.

—Estas son horas de llegar, ¿no? —escupió, viniendo hacia mí—. De seguro estuviste buscando borrachos para que se metan entre tus piernas, ¿verdad?

Me hirvió la sangre, quise burlarme pero vi el auto de Martín afuera... eso significaba que estaba en algún lado, cerca, así que respiré hondo y me tragué el veneno.

—Rebeca... —dije, suave—, yo sé que esto te incomoda... pero es mi esposo...tú lo has tenido mucho tiempo... solo quiero pasar tiempo con él... lo extraño.

Lo dije con la voz baja, como si me doliera admitirlo, y ella se frenó un segundo, mirándome sin poder creer lo que veía.

—¿Y por qué demonios hablas así? —soltó, confundida.

—¿Hablar cómo? —incliné un poco la cabeza—. No te entiendo.

La frase le ardió, lo vi en su mirada, se le encendieron los ojos y dio un paso rápido hacia mí, amenazante, así que antes de que pudiera decir algo di un paso atrás, me cubrí el rostro con los brazos y grité:

—¡Por favor, no me pegues! —dejé que la voz se me rompiera—. Aún me duele...

Y justo ahí la puerta del estudio se abrió.

—¡Basta! —rugió Martín.

Rebeca giró hacia él, sobresaltada, y yo aproveché el momento.

—Rebeca... —murmuré, bajando la cabeza entiendo que estés enojada porque pasé la noche con Martín... pero ya te dije... es mi esposo... lo extrañaba mucho... solo quería una noche con él...

puedes quedártelo de nuevo... yo solo... lo extrañaba.

Me encogí un poco sobre la pierna mala y el silencio cayó pesado, Martín la miró a ella primero, luego a mí, y terminó en la venda de mi rodilla.

—Ella está delicada —dijo, serio—. No quiero que te acerques a ella, ¿está claro?

Rebeca lo miró como si no lo reconociera.

—Pero yo no le hice nada —protestó—. ¡Está fingiendo! ¡Quiere que le prestes atención y a mí me grites, y lo está logrando! ¡No tiene nada, solo está fingiendo! —Ya basta —la cortó él—. No está fingiendo, ya llamé al doctor que la vio y me lo confirmó. Y así como le pedí a ella que te deje en paz, ahora te lo pido a ti.

Ella lo miró sin poder creerlo, y entonces él se giró hacia mí.

—Y tú... —soltó—,¿estas son horas de llegar?, ¿dónde demonios has estado?

Se acercó y me tomó del brazo, apretando apenas...

Asi que hice una mueca, fingiendo dolor.

—Me duele... —susurré—. Fui... a hacer unas cosas.

Su mirada recorrió la sala, vio a Yolanda, a dos empleados más asomados desde la cocina, a la casa entera mirando, respiró hondo...

—Vamos —dijo, secо.

Me llevó hacia su estudio con jalones suaves pero firmes y yo cojeé a propósito, mirando de reojo hacia atrás.

Rebeca se quedó en medio de la sala, con los puños apretados y la cara roja, y lo vi claro, no entendía en qué momento había perdido el papel, cuándo la esposa "loca" pasó a ser la que lloraba en brazos de Martín... y ella quedó como la histérica celosa.

Al entrar, Martín cerró la puerta detrás de nosotros y apenas sonó el clic se giró y me tomó de los brazos.

—¿Dónde estabas? —preguntó, directo.

Sus dedos apretaban, no fuerte, pero con ese fastidio de jefe. Le levanté la vista despacio, con los ojos grandes, como cachorro.

—¿En serio te preocupaste por mí? —susurré.

Se incomodó al instante, me soltó, se pasó una mano por el pelo y fue a su escritorio, como dejándome claro que no.

Capítulo 52 1

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