JULIA RODRÍGUEZ
De pie a mi lado había un hombre alto, con una gabardina de piel negra que se sostenía de sus hombros, un traje impecable, una camisa fina y sin corbata. Actitud serena, incluso divertida, pero sus ojos guardaban un fuego motivado por la rabia, mientras que la tensión en sus mandíbulas advertía que no estaba de buen humor.
—Pinches gringos… Se creen muy malos hasta que llega alguien peor que ellos —dijo con media sonrisa antes de arrebatarle el palo de la mano y arrojarlo, haciéndolo girar en el aire y golpeando al otro hombre con la cara rasguñada.
—¡No te metas! —exclamó mi agresor, queriendo intimidarlo.
—Te va a cargar la chingada, gringo, ¿cómo ves? —agregó mi salvador con media sonrisa.
Con la cabeza recargada en la pared sucia, volteé hacia la entrada del callejón, un grupo de cuatro hombres entraron, luciendo exceso de confianza, incluso una sonrisa arrogante. Entonces otro dolor, aún más punzante, atenazó mi vientre, haciendo que chillara y me abrazara, como si rodear mi abdomen con los brazos fuera suficiente para contenerlo.
Mi rescatista se hincó frente a mí, viéndome con resignación mientras negaba con la cabeza.
—Mira nada más lo que te hicieron, chula. —Pellizcó mi mentón haciendo que levantara el rostro contraído por el dolor hacia él—. Para poder pelearse, hay que saber con quién.
»Anda, ven acá.
Aunque no quería que me tocara, no podía ni siquiera moverme. El dolor me estaba paralizando. Me tomó en brazos, dejando que su perfume combinado con tabaco hormigueara en mi nariz.
—Encárguense de esos pendejos —soltó con naturalidad, como quien habla del clima en una tarde soleada—. Háganlos pedacitos, tírenlos a la basura, dénselo a los perros… no me importa cómo lo hagan, lo único que quiero es que griten hasta que vomiten sangre y se arrepientan de haber nacido.
La confianza con la que hablaba me asustó, pero la determinación en sus hombres terminó de horrorizarme.
El dolor no solo perlaba mi frente, sino que comenzaba a desconectarme. Quería mantenerme alerta y escapar, pero mi cuerpo ya no lo soportaba. Mientras el hombre me llevaba en brazos sacándome del callejón, me sentí tentada a buscar a mis agresores entre la oscuridad. Estaban acorralados y aunque la inconsciencia evitó que pudiera ver su triste final, sabía muy bien lo que les pasaría, los matarían y de manera cruel.
Con qué facilidad lo había pedido.
Con qué facilidad lo cumplirían.
—Tranquila… todo estará bien —escuché un susurro antes de desmayarme por fin, dejando que mi cuerpo se relajara en sus brazos.
***
Desperté súbitamente, con el corazón acelerado latiéndome en la garganta. Mi cuerpo se incorporó de manera violenta y con la respiración agitada. Tragué saliva mientras dejaba que mi mirada se fuera adecuando a la luz.
El pitido alterado del monitor sonaba más fuerte que el zumbido en mis oídos. Entonces me di cuenta, estaba en una habitación de hospital, pero no cualquiera. Era una habitación individual, con muebles minimalistas, pero de apariencia costosa. Incluso las sábanas parecían de algodón, suaves y livianas, y demasiado costosas.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!