SANTIAGO CASTAÑEDA
Con la mirada perdida a través de la ventanilla del avión, no dejaba de jugar con una pluma en mi mano, apretando el botón lo más rápido posible, rompiendo el silencio incómodo con ese clic repetitivo que podría irritar a cualquiera.
Estaba molesto y tenía que sacar mi rabia y frustración de una manera pacífica, mis hombres lo apreciarían mucho, igual que el piloto de la nave.
¿Quién le dijo a mi padre que sería una gran sorpresa que me regalara una mujer para casarme? Una completa desconocida a la cual atarme de por vida. Si había algo que odiaba con todas mis fuerzas es que alguien decidiera por mí.
—Es una buena mujer. Viene de una familia modesta, pero es una chica inteligente, estudiada y muy hermosa. Te dará hijos fuertes. —Había dicho como si estuviéramos hablando de comprar una yegua nueva para el rancho.
—¿También le revisaste los dientes y los aplomos? —pregunté con burla sin apartar mi vista de él. Estaba rechinando los dientes, desgastándolos hasta la raíz para contener lo mejor que podía mi lengua.
—Te estoy regalando una chica con cerebro y no solo pechos. No seas malagradecido —agregó apoyándose en su escritorio sin apartar la mirada de mí.
Mi padre era un hombre controlador, tenía una obsesión con que todo saliera como él quería y la familia de esa chica ya lo estaba sacando de sus cabales. Años de apuestas indiscriminadas, deudas que escalaban rápidamente con los intereses y un hombre cobarde que solo lloraba y se lamentaba cada vez que los matones de mi padre lo visitaban para cobrarle. Era patético que su mujer fuera quien tuviera que negociar con nosotros.
—¿En verdad esa chica vale tanto dinero? Te recuerdo que es mucho lo que te deben. ¿No hubiera sido mejor quitarles su propiedad? —pregunté tomando una de las plumas del escritorio y comenzando a jugar con ella, un pequeño escape a mi ansiedad.
—¿Qué haríamos con esa propiedad? ¡Está en ruinas! Tendría que demoler y volver a construir. Además, ya tenemos suficientes y en mejores condiciones, pero la hija de esa mujer es hermosa e inteligente. —Con una sonrisa socarrona comenzó a caminar por su oficina con el pecho inflado—. Hombres como nosotros necesitamos mujeres así a nuestro lado.
—¿Para qué? De todas maneras, engañas a mamá… no le veo el sentido —contesté con apatía, logrando que mi padre volteara hacia mí indignado. Sabía que le había dolido, así que tenía que cambiar rápido de tema—. Agradezco tu preocupación, en serio, pero estoy bien, así como estoy.
—¡No! ¡No estás bien metiéndote con cuanta mujer se te atraviesa, dejando hijos regados por todos lados! —gritó furioso golpeando en el escritorio.
—En primera… no he dejado ningún hijo regado en ningún lugar. —Porque todas esas mujeres solo son una linda tapadera—. En segunda, ¿en verdad crees que eres el correcto para hablarme de moralidad? Me parece una situación bastante irónica —agregué escurriéndome en el asiento cómodamente mientras a mi padre parecía salirle humo por los oídos.
—Irás por ella… ¿entendido? ¡Ya me tienes hasta la madre! —gritó furioso y volteó hacia uno de sus hombres—. No voy a esperar a que esa mujer regrese por iniciativa propia. ¡30 días es demasiado!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!