SANTIAGO CASTAÑEDA
—¡Ya basta! ¡¿Qué es lo que quieres?! —exclamó Alex perdiendo la paciencia.
—A decir verdad… —susurré mientras me distraía con las pocas cosas dentro de la pequeña habitación. Era un lugar oscuro, sin muebles, con una cama vieja y dura, y un crucifijo en la pared. ¿Cómo podían vivir en esta clase de sitios?—. Tenía ganas de verte.
Por fin volteé hacia Alex, que era la única luz que iluminaba ese lugar. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, arrancándome el aliento. No sabía cómo comportarme frente a ella. Mis manos hormigueaban deseosas de acariciarla, no con lujuria, solo… quería sentir su piel, quería… tocar su mano, sostenerla entre las mías, pero había una clase de resentimiento cruzando sus ojos que me obligaba a no acercarme.
—¿Le pediste permiso a tu esposa? —preguntó cruzándose de brazos y arqueando una ceja.
—¿Estás celosa? —pregunté con seriedad, pero por dentro rogaba que fuera verdad, que ella admitiera que quería el lugar de Julia, si así era, movería cielo y mar y tierra para dárselo. No me importaba si mi padre se enojaba por divorciarme y volverme a casar casi de inmediato. Además, sabía que Julia lo entendería de inmediato. ¡¿Con qué cara podría decirme algo después de sus escapadas con Matt?!
—¿Celosa? —soltó con una carcajada herida—. Más bien… ofendida.
—¿Ofendida? —pregunté sorprendido mientras acortaba la distancia entre los dos, pero ella se fue más lejos, casi hasta la esquina, repeliéndome.
—Yo no soy el juguete de nadie —dijo con la voz cargada de rencor—. He visto cómo los hombres como tú usan, humillan y degradan a las mujeres que estamos en desventaja. ¿Crees que mi disfraz de hombre era solo un juego? Si todos supieran que era una mujer, ya hubiera sido obligada a cosas asquerosamente indescriptibles, y lo sabes.
»He luchado por no ser una amante cualquiera, una más del montón, una que ni siquiera recuerdan su nombre. —Entonces se acercó con ferocidad, presionando su índice en mi pecho mientras luchaba para que la voz no se quebrara—. No voy a ser una más de las que llaman en ese club cuando tú pones un pie dentro. No voy a bailar para ti, ni voy a compartir una cama con otras y otros tantos solo para satisfacerte y para que me tires a la basura como una muñeca rota y fea cuando te aburras.
»¡Yo no vine a este mundo a ser desechable! ¡No eres un príncipe! ¡Eres un maldito mafioso que tiene una esposa dulce, un hijo, y una «amante oficial», si crees que tus visitas y palabras bonitas harán que abandone mi vida tranquila en el convento para ser tu mero entretenimiento, estás jodido de la cabeza!
—No eres un mero entretenimiento —solté sin pensar, afectado por cada una de sus palabras, presionando su mano, que antes me había señalado, contra mi pecho, como si de esa manera pudiera sentir los latidos de mi corazón—. Te juro que no es lo que busco de ti.
—No te creo —dijo con seguridad y decepción en los ojos, y me dolió más que un balazo en el pecho—. Tu reputación te precede, Santiago.
Al principio sus labios parecían tiesos, renuentes, pero al final no se resistieron, porque en el fondo ella quería lo mismo que yo, lo sabía, deseaba que esto pasara de la misma manera que yo. No había manera de poder resistirnos a esa atracción que nos iba juntando cuando estábamos en la misma habitación.
Sus pequeñas manos se apoyaron en mi pecho, cuando nuestro beso se volvió salado. Ella estaba llorando.
Se apartó de mí de manera súbita, llena de rabia, furiosa, pero no conmigo, con ella misma, por no poder ser más fuerte.
—Vete… —sentenció señalando la puerta con ojos llorosos—. Me vienes a decir palabras bonitas cuando tienes dos mujeres esperándote en casa. Eres un completo imbécil.
—Nada es lo que parece —supliqué tomándola por los hombros—. No he tocado a Liliana y Julia es solo mi esposa en papel, pero no pasa nada entre nosotros. Lo juro.
»Tú misma lo dijiste, es solo una tapadera para todo lo que mi padre pensaba de mí. Ni siquiera Mateo es mío, aunque lo amo como si lo fuera. —Había soltado la verdad que nadie se atrevía cuestionar en voz alta, lo que todo mundo sospechaba, pero nadie decía. Se lo había confesado—. Nunca he tenido intimidad con ellas. Lo juro.

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