SANTIAGO CASTAÑEDA
Me planté fuera de los altos portones de madera vieja pero gruesa y sólida, que por suerte estaban abiertos. Con algo de duda y las manos en los bolsillos entré al enorme jardín, era un edén. Árboles frondosos y llenos de frutas, arbustos de un verde intenso con flores coloridas y en medio de todo, una pequeña fuente que refrescaba el lugar. Se escuchaba el cantar de las aves y el ruido de los autos se mitigaba por los altos muros que rodeaban el convento.
—Señor Castañeda, este no es parte de su territorio —reconocí la voz de la madre superiora. Cuando giré, estaba ahí, con sus hábitos perfectos y las manos cruzadas sobre su regazo, con una serenidad que escondía recelo.
—¿En verdad vamos a hablar de territorio? —pregunté divertido haciendo una ligera reverencia por respeto—. Su convento está en mis dominios. Por eso es por lo que nadie entra a sodomizar a sus monjas y robarse las limosnas.
Abrió los ojos con sorpresa y sus mejillas se sonrojaron sutilmente.
—Esa no es la manera de hablar con una monja, tenga más respeto —sentenció viéndome de pies a cabeza con indignación.
—Madre, no le pida peras a los olmos —contesté con calma—. Solo vine a hablar con…
—No —contestó de inmediato, sin dejar explicarme.
—No he dicho ni siquiera su nombre y ya me la está negando. Eso me parece muy grosero de su parte —agregué manteniendo la calma, era difícil enojarse en un lugar tan pacifico.
—Sé que viene a ver a Alex, pero debe de entender que ella está fuera de su alcance. No es una prostituta como las que suele frecuentar, su vida está dedicada al señor y pronto será la ceremonia para que ella termine su formación y se haga monja —explicó con firmeza en la voz.
Tal vez por eso Alex me resultaba más irresistible que antes, porque ahora era prohibida.
—Solo quiero hablar con ella, lo juro —contesté con calma mientras buscaba algo de dentro de mi saco—, y creo que quien tiene que decidir si habla conmigo o no, es ella. ¿No es por eso que Dios nos dio el libre albedrío?
—Ella no quiere hablar con usted, por eso lo estoy haciendo yo. —Me enfrentó con firmeza—. Ella no quiere saber nada ni volverlo a ver.
—Si me deja verla y nos da privacidad haré una generosa donación al convento. —Saqué el fajo de billetes que guardaba y lo sostuve en alto—. Podrá usarlo en lo que desee.
—Dinero manchado con sangre —contestó indignada—. ¿Por qué hacer beneficencia con dolor?
—¿No es suficiente? —pregunté sorprendido, ignorando la clase de moralidad, entonces saqué otro fajo igual de grande—. Duplico la apuesta.
—Mi fe no se doblega ni se vende, señor Castañeda, no sé qué espera conseguir con esto, pero así triplique o cuadruplique su apuesta, soy una mujer creyente solo en Dios que no hace negocios con el diablo —contestó con firmeza y la mirada llena de indignación.

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