JULIA RODRÍGUEZ
El humo del café se levantaba de nuestras tazas, mientras el silencio se hacía cada vez más profundo y mis pensamientos solo le daban vueltas a Matthew: ¿Dónde estaba? ¿Cómo sabía que no lo estaban torturando en ese preciso momento?
Cada vez me sentía más ansiosa, tanto que la presión en el pecho me estaba asfixiando, como si una mano invisible me tuviera por el cuello, mientras mis dedos arrugaban la servilleta. Entonces mi suegra levantó la mirada hacia mí, aumentando mi malestar, pues ella se veía tan rota como yo estaba desesperada.
—Cuando… yo era joven, incluso más joven que tú, me enamoré de un chico que no tenía mucho que ofrecer, solo un corazón sincero —dijo intentando sonreír mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Sorbió por la nariz y se limpió las lágrimas con la servilleta. Era obvio que su silencio previo fue para contener sus sentimientos, pero cuando empezó a hablar de él, toda su preparación se fue a la mierda—. Nadie creía en él, pero yo sí. Entró al ejército porque quería hacer un cambio. Siempre admiré su valentía.
Con eso me quedaba claro que el chico del que hablaba no era mi suegro.
—¿Qué pasó con él? —pregunté por cortesía porque ya me imaginaba lo que le había ocurrido.
—El señor Castañeda, el padre de Rafael, lo mató durante una emboscada —contestó con los labios tensos y los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y… cómo es que… se casó con…? —Las palabras se me enredaron en la boca. No podía creer lo que me decía.
—Rafael se acercó a mí. Supo que yo era la novia del soldado raso —contestó agachando la mirada—. Al principio lo odié, nunca escondió quién era, pero siempre se mostró comprensivo con mi dolor. Se sentía culpable, era joven y aún no había perdido la humanidad, porque en este negocio, entre más humano, más débil. Eso fue lo que ocurrió, un arranque de debilidad, de culpa.
»Me llevó flores y me prometió que nunca me dejaría desamparada. Lo que parecía una manera de aferrarse a lo poco que le quedaba de bondad se convirtió en amor —agregó y suspiró con tristeza—. Siempre decía que yo era lo único bueno que le quedaba en la vida. Que le recordaba que no siempre fue un cabrón. Era su vestigio de humanidad.
»Fue entonces cuando decidió que quería que nos casáramos en tan poco tiempo, yo no lo dudé y acepté. Me había enamorado de él, por mucho que me esforcé para odiarlo y para mantenerlo lejos de mí. Lo quería, porque pensé que no era un monstruo, no por completo, en el fondo había un hombre que sufría por las decisiones de su padre, que no quería esto, pero que tenía que hacerlo.
—Como Santiago —susurré y agaché la mirada, dejando que el silencio se acentuara entre las dos.
—Y justamente él fue uno de mis motivos para casarme —agregó mientras le daba vueltas a su taza de café—. Estaba embarazada cuando me casé con Rafael, de la misma manera que tú lo estuviste cuando te casaste con Santiago.
Levanté la mirada y fruncí el ceño, pero esperé, aunque las dudas comenzaban a carcomerme.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!