JULIA RODRÍGUEZ
Llegué con el corazón latiéndome en la garganta. Con ambas manos aferradas al volante mientras mis ojos veían a través de la ventana la finca, ese lugar que había sido mi hogar por tantos años y que ahora temía que se convirtiera en un cementerio.
Uno de los hombres se acercó para abrirme la puerta. Intenté encontrar algo en su cara que me dijera si lo que me esperaba dentro era peligroso o terrorífico, pero no hizo gesto alguno. Se comportaba como si fuera un día normal.
—¡Julia! ¡Cariño! —exclamó mi suegra saliendo por la puerta principal con los brazos estirados como si quisiera darme un abrazo. Era una mujer que no le gustaban las traiciones y algo me decía que su alegría no era real. Me estrechó con suavidad antes de susurrar en mi oído—: Me alegra que hayas regresado tan pronto. Esto no podía esperar.
Me soltó y dio una media vuelta con elegancia, retomando su andar hacia el interior de la casa mientras yo paseaba la mirada por cada rincón, buscando a Mateo y también a Matthew. ¿Había tenido la pésima idea de venir directamente aquí? ¡¿No estaba consciente de los riesgos?!
—Alondra… dijiste que… —no sabía ni por dónde empezar. Entonces se detuvo en medio del recibidor y volteó hacia mí, entornando los ojos, herida.
—Dije que el padre de Mateo estaba aquí —contestó a la pregunta que ni siquiera formulé—. Dije que le metería un disparo, y aquí estás, demostrándome que Santiago no es el padre biológico del niño, no fue necesario pedir una prueba de ADN.
Me quedé en completo silencio, noté que tenía la boca abierta y la cerré de pronto, haciendo que mis dientes castañearan.
—Ah… por eso me preocupé… —susurré intentando mostrarme segura, pero en realidad estaba muriéndome de los nervios. ¡¿Cómo pude ser tan torpe?!—. ¿Por qué… planea matar a… Santi?
—Julia, deja de hacerte tonta, sabes que Santiago no ha regresado, debe de estar en alguno de sus tantos departamentos revolcándose con la primera mujer que se le atravesó. —Su voz era amarga, llena de decepción y negó con la cabeza—. ¿Quién dice que lo cabrón no se hereda? Es igual que su padre.
»Un chingo de viejas, entre más, mejor, como si esa fuera la única manera de demostrar su hombría —agregó resentida y continuó caminando—. ¿Crees que no noté que Mateo era un prematuro demasiado sano? Era un bebé a término, sin embargo, ustedes se esmeraron en convencernos de que no lo era, pero uno no es tonto.
»Ni Rafael ni yo no lo creímos. Nunca dijimos nada, ni siquiera entre nosotros. ¿Sabes por qué? —preguntó mientras yo la seguía en silencio, ansiosa, con un nudo en la garganta, cada vez más desesperada por no ver por ningún lado a Mateo ni a Matt—. Porque nos encariñamos con el niño, era adorable, pero entre más crecía menos se parecía a Santiago. Decidimos guardar silencio por el bien de la familia que estaban formando. Parecías honesta, trabajadora y Santiago te adora.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!