JULIA RODRÍGUEZ
—La decisión siempre quedará en tus manos, Julia, pero toma en cuenta que no solo está tu felicidad o la de él en juego, también la de Mateo. —La voz de Alondra era suave y consolaba con cada palabra. En contra de todo lo que se esperaría, estaba apoyando lo que mi corazón pidiera, pese a que no era su obligación—. Piénsalo, si el día de mañana te dijeran que Matthew está muerto, ¿festejarías o te lamentarías por todo lo que no pudiste vivir con él? ¿Te arrepentirías de no haber cedido o tu alma estaría en calma con las decisiones que has tomado?
Esa última pregunta me caló hondo y de manera dolorosa. Se me hizo un nudo en la garganta y me quedé sin aliento. ¿En verdad estaría conforme con las decisiones que he tomado? ¿No me arrepentiría de no haber cedido, de no haber dado ese último beso, de no haberlo amado, de no intentarlo una última vez y averiguar si algo tan roto como nuestro matrimonio aún tenía arreglo?
Agaché la mirada con los ojos llenos de lágrimas y el corazón latiéndome en la garganta. Negaba con la cabeza mientras mis labios temblaban, pero no tenía ninguna respuesta.
—La vida es muy corta para llenarte de arrepentimientos —susurró Alondra antes de besar mi mejilla y voltear hacia el pasillo. Cuando seguí su mirada mi cuerpo se congeló. Ahí estaba Matt, viéndonos con atención. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?—. No quiero que desperdicies la oportunidad que yo nunca tuve.
»Les daré algo de espacio. —De esa manera se retiró en silencio, directo a la habitación de Mateo, tal vez para entretenerlo un poco más mientras nosotros hablábamos, aunque en ese momento mi cerebro se rehusaba a pensar y mi corazón ya no quería continuar. Quería esconderme en mi cueva y llorar. Quería gritar, quería… solo desaparecer.
Entonces sentí la mano de Matt tomando la mía, de alguna manera regresándome a la realidad, anclándome, evitando que mi dolor me llevara más lejos. Con su otra mano recogió una lágrima solitaria que caía por mi mejilla.
El silencio entre ambos se volvió pesado, difícil de respirar.
—¿Podemos hablar? —preguntó Matt y posó mi mano sobre su pecho, envolviéndola con las suyas mientras sus ojos se volvían suplicantes.
Yo solo asentí.
***
SANTIAGO CASTAÑEDA
—Y… ¿qué se siente ser el hijo de uno de los capos más peligrosos del país? —preguntó Alex sentada en un banco del otro lado de la barra, mientras yo preparaba un par de tragos y ella comía palomitas—. Ya me imagino todas las excentricidades que tuviste cuando eras niño. Puedo apostar a que incluso tuviste un elefante para tu fiesta de cinco años, ¿verdad?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!