SANTIAGO CASTAÑEDA
—Santiago… —murmuró con esa actitud a la que comenzaba a acostumbrarme, parecía que cada intento por convencerla de quedarse conmigo solo hacía que se apartara más.
—No tiene que decir nada —pedí como si de esa manera pudiera detener lo que había desencadenado.
—Me pediste pasar el resto del día contigo de manera amistosa, pero… no puedo si sigues hablando de esa manera —contestó antes de bajar del banco y caminar llena de decisión hacia la puerta. No fui detrás de ella, porque sabía que no iría muy lejos. Escuché como giró el pomo y tiró, pero la puerta no se abrió. Insistió, sacudiéndola con fuerza, pero no fue suficiente, cuando regresó no tuve que ver su rostro indignado, ya me lo imaginaba—. ¿Es en serio? ¡¿Es en serio?!
—No voy a dejar que te conviertas en monja —contesté con ambas manos en la barra, sin el valor de voltear a verla—. No voy a renunciar a ti.
—Ajá… entonces… ¿me tendrás aquí encerrada? ¡Claro! ¡Puedes hacerlo! ¡Nadie allá afuera preguntará por mí, porque estoy completamente sola! ¡No tengo familia! ¡No tengo amigos! ¡Soy una maldita criminal, una vagabunda que intenta encontrar algo de paz y sentido en un convento! ¡A nadie le interesa lo que pase conmigo! —gritó desesperada. Cada una de sus palabras me dolía en el pecho.
—¡A mí sí me interesas! —grité de vuelta, por fin encarándola. Estaba tan desesperado como ella y golpeé la barra con el puño por pura frustración—. No estás sola… No desde que te conocí. Alex, por favor… haría lo que fuera por ti. Congelaría el infierno si me lo pidieras. No hay nada lo suficientemente grande o difícil que no resolvería si me lo pides.
—Entonces abre la puerta y déjame ir… Eso es lo que quiero —soltó apretando las mandíbulas y cruzándose de brazos.
—No lo haré —susurré avanzando hacia ella, sin apartar mi mirada de la suya, retadora y feroz, pero también herida—. ¿Por qué? ¿Por qué no puedes quererme de la misma manera en la que yo te quiero? ¿Por qué parece por momentos que sientes algo por mí y después te comportas tan fría? ¿Qué te hice?
—¡Santiago! ¡Por favor! ¡¿Te estás escuchando?! —exclamó desesperada y retrocedió—. ¡Estás casado! ¡Tienes un chingo de amantes! ¡Eres un mafioso cruel! ¡Eres el Coyote! ¡Yo no sabía que ese era tu apodo, pero ahora que lo sé no puedo dejar de pensar en esa extensa lista de crímenes crueles y sádicos que llevan tu firma!
»¿Crees que no se me vino a la mente cierta noticia de hace años? —preguntó con los ojos llorosos y esta vez fui yo quien retrocedió.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!