JULIA RODRÍGUEZ
Saqué mi teléfono del bolsillo para darme cuenta de que no tenía señal. Fruncí el ceño, desconcertada y en silencio se lo mostré a Matthew. Su rostro se ensombreció y manteniendo el silencio me señaló con la mirada el cuarto de Mateo. Supe muy bien a qué se refería. Cuando pasé por su lado, me detuvo sosteniéndome del brazo.
—¿Dónde guarda sus armas tu esposo? —preguntó torciendo los ojos con fastidio, como si mencionar de alguna manera a Santiago le causara náuseas.
—En la habitación principal hay una Colt calibre 38 —susurré con el corazón acelerado—. En el clóset, dentro de una caja de madera.
Asintió antes de alejarse. Por un momento me quedé estática sintiendo que el estómago se me encogía. En todos mis años siendo la esposa de un narcotraficante, nunca me había enfrentado a nada parecido.
Corrí hacia la habitación de mi bebé, dormía tranquilamente, ajeno a lo que estaba ocurriendo de manera silenciosa. Me acerqué a él para envolverlo en su cobija. Adormilado se talló los ojitos y trató de enfocarme.
—¿Qué pasa, mami? —preguntó arrastrando la voz.
—Tenemos que salir de la casa, mi amor —contesté besando su mejilla—. ¿Recuerdas cuando papá te dijo que tal vez llegaría el día en que tendríamos que salir corriendo de aquí, y que teníamos que ser muy callados e inteligentes?
Mi bebé solo asintió.
—Bueno, creo que ese día llegó. —Apenas terminé de decirlo cuando escuché que un vidrio se quebraba. Dejé a Mateo en el piso y me asomé por el borde de la puerta. El color amarillo y anaranjado titilaba por el pasillo y entonces lo supe, la casa se estaba incendiando—. Carajo…
Di media vuelta y tomé apresuradamente a Mateo, quien estaba ante su juguetero, decidiendo quién nos acompañaría. Tomó a su pato y su pez antes de que mis brazos lo envolvieran.
—Tranquilo, quédate calladito —susurré mientras lo envolvía por completo.
Cuando salimos al pasillo, Matthew ya sostenía el arma de Santiago.
Otra ventana se rompió, otro cóctel molotov entró, esta vez en la cocina, incendiando todo en cuanto se rompió contra la mesa. Matthew se puso entre nosotros y el fuego.
—Tenemos que salir de aquí cuanto antes —sentenció. Entonces recordé el auto que estaba en el garaje. Le señalé las llaves colgadas aún cerca de la puerta.
Me quedé pegada contra la pared mientras Matthew se acercaba con cuidado, casi en cuclillas, evitando que el fuego lo alcanzara. Cuando su mano estaba cerca de tocar las llaves, una ráfaga de balas llovió sobre la casa. La mayoría entró por las ventanas y algunas incluso atravesaron las paredes.
Me lancé al piso protegiendo a Mateo con mi cuerpo, mientras gritaba asustado. Matthew tomó las llaves y nos escabullimos lo más pegados al piso para evitar que las balas nos tocaran. Pasaban zumbando por nuestras cabezas y lo único que pedía al cielo era que no tocaran a Mateo.
De una patada Matthew abrió la puerta que daba hacia el garaje. El auto estaba intacto, pero se veía que el fuego quería entrar desde el jardín, comenzaba a devorar la puerta eléctrica.
—¡Sube! —exclamó abriendo la puerta trasera.

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