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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 151

SANTIAGO CASTAÑEDA

El silencio dentro del auto estaba cargado de respeto y tristeza. Mi madre descansaba sobre mi regazo, acurrucada en mi pecho, de la misma manera que ella me acunaba esas noches después de una fiesta, cuando era niño y moría de sueño. Me quedaba dormido en sus brazos y cuando despertaba ya estaba en mi cama con mi pijama. La diferencia es que mi madre no despertaría.

El corazón me ardía con cada latido, tomé su mano, cubriéndola con la mía mientras el frío de su cuerpo me carcomía el alma.

—¿En qué estabas pensando, mujer? —pregunté sabiendo que no obtendría respuesta. Había cometido suicidio. Se había quedado a solas con mi padre que ya estaba perdiendo sus facultades mentales, tal vez por la enfermedad o simplemente era un pretexto para ser quien siempre fue.

Las lágrimas rodaron en silencio por mi rostro, sin sollozos ni lamentos desgarradores, pero el dolor era tan jodidamente profundo que por momentos creí que me mataría.

«El Jardín de los Tulipanes», decía el elegante letrero, en manuscrita dorada. Era casi de madrugada y las puertas estaban cerradas. Salí lentamente del auto, era como si mi cuerpo se estuviera quedando sin energía con cada movimiento que hacía. Con la presión en el pecho y lágrimas frescas en mis mejillas, toqué tres veces y esperé.

Los segundos dilataron hasta que la primera luz se encendió. Una serie de seguros fueron abiertos del otro lado de la puerta hasta por fin encontrarme con la encargada del velatorio. Sus ojos rodeados de arrugas me reconocieron, pero tuvo que tallárselos antes de asegurarse.

—¿Santiago? —preguntó confundida, viendo en todas direcciones, con su trenza canosa descansando sobre su hombro—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué estás aquí a estas horas? Sabes que…

La tomé con gentileza de la mano y la llevé hacia la ventana trasera del auto. De inmediato ahogó una exclamación, cubriendo su boca con una mano.

—Almendrita —soltó con voz rota y subió su mano temblorosa hasta su frente. Permaneció así, en silencio, con los ojos cerrados, intentando controlarse—. Sabía que este día llegaría, pero… nunca se está listo.

Leticia era amiga de la familia, quien nos ayudaba a preparar los cadáveres y enterrarlos, solo a aquellos a los que amábamos y que no queríamos que pasaran por manos de la policía y forenses. Ya es suficientemente doloroso perder a alguien como para que los inspeccionen como una evidencia del crimen y no como una persona.

—Lo siento tanto —susurró posando su mano sobre la mía y yo solo asentí sin tener la fuerza de verla a los ojos—. Tu madre nunca perteneció a este mundo. Ella era demasiado dulce y bondadosa, siempre me pregunté: ¿qué hacía con Rafael?

—Encontrar su final, eso hacía —contesté negando con la cabeza y tratando de respirar, el dolor no me dejaba—. Supongo que a eso se condenan las mujeres que aman criminales. Solo están aceptando una sentencia de muerte que llegará tarde o temprano.

De inmediato Leticia me tomó por los hombros obligándome a voltear hacia ella mientras negaba con la cabeza.

—No mi niño… —susurró con los ojos bien abiertos—. La verdadera sentencia de muerte es amar a alguien que no te ama. Rafael no la amaba.

Suspiró apesadumbrada, dejando caer un par de lágrimas. En algo coincidimos ambos, mi madre no se merecía ese final.

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