JULIA RODRÍGUEZ
Entonces jalé el gatillo, justo cuando Matt dio otro volantazo en medio de una curva, haciendo girar el auto y acelerando. Metí la mano y la puerta se azotó, cerrándose con fuerza. Con el corazón acelerado levanté la mirada hacia el retrovisor. El ruido del otro motor había desaparecido y lo comprendí cuando vi al conductor colgando por la ventana abierta como si fuera un muñeco de trapo. Le había dado.
Mientras nosotros nos alejábamos de ahí, Javier hacía lo posible para tomar el control del auto, pero con un cadáver en el asiento del conductor le resultó imposible alcanzarnos y en la siguiente esquina, antes de perderlo de vista, salió con un arma larga, pero se abstuvo de dispararnos, ya era tarde y no tenía sentido.
Habíamos ganado esa batalla, pero no la guerra.
Me recargué en el asiento, dejé el arma en el piso del auto y puse ambas manos en mi cabeza.
—Lo hice… —susurré sin aliento, aun con esa presión en el pecho—. ¡Lo hice!
—¡Lo hiciste, mami! ¡Lo hiciste! —exclamó Mateo desde atrás con emoción en la voz.
—¡Lo hice! —grité esta vez con horror, bajando mis manos hasta mis mejillas—. Maté a un hombre… ¡Maté a un hombre!
—Espera… ¿solo estás contando al que le disparaste en la cabeza? ¿Qué hay de los que iban en el auto que explotó con la granada? —preguntó Matt con media sonrisa, parecía orgulloso, pero aumentar el número de muertos me horrorizó. Tal vez por la emoción del momento no había recordado a los del primer auto, ahora me sentía nauseabunda.
—¡No puede ser cierto! —exclamé cubriéndome la cara—. Maté a esos hombres. ¡Dios!
—Mateo, recuérdame nunca hacer enojar a mamá —dijo Matthew soltando una carcajada mientras buscaba algo en su bolsillo, su teléfono celular.
—¡Anotado, papi! —exclamó mi hijo con emoción.
—Yo hice eso… —agregué sin poder borrar la angustia. Era una asesina. Me convertí en una criminal. No pude con la tensión nerviosa o tal vez solo eran las hormonas recordándome que estaba embarazada, abrí la puerta esta vez para vomitar.
—¡Julia! —exclamó Matt y sentí su mano en mi espalda, sin saber muy bien qué hacer mientras yo me arqueaba.
Apenas tuve fuerzas para regresar mi espalda al asiento y cerrar la puerta cuando una voz sonó desde el altavoz de su teléfono.
—¿Jefe? ¿Qué ocurre? —preguntó Carl tranquilamente.
—Llego en diez —respondió Matthew con la mirada en el retrovisor y una mano en mi hombro—. Espérame con las puertas abiertas.

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