SANTIAGO CASTAÑEDA
Vi en sus ojos el compromiso. El tipo era casi de mi edad, si acaso un par de años más grande. Mi madre lo había acogido de la calle. Era uno de esos niños que se pintaban la carita en los semáforos y hacían malabares para ganarse un par de monedas que siempre terminaban en manos de su padre alcohólico y golpeador.
Aún recordaba ese día que mi madre lo había metido al auto para conversar con él. Le entregó una toalla húmeda para despintar su cara y le ofreció protección, comida y un trabajo. Lo hizo ir a la escuela y recibió el entrenamiento que los demás hombres recibían, pero lo mantuvo lejos de los negocios turbios de mi padre, convirtiéndolo solo en su chofer y guardia personal.
Si existía alguien enteramente agradecido y fiel a ella, era él. Aunque no lo dijéramos en voz alta, la veía como a una madre, y era más mi hermano que el perro asqueroso de Javier.
—Patricio, ¿cierto? —pregunté viéndolo de pies a cabeza. Ya no quedaba nada de ese niño que mendigaba en el semáforo. Asintió con firmeza y determinación en la mirada—. Necesito que busques a todos los hombres fieles a mí y a mi madre. Sé prudente, sigiloso, no agites las aguas.
»Lo más seguro es que Carmen tome el control de todo, sin mi madre en su camino y con mi padre enfermo. Así que ten cuidado, no quiero enterrarte a ti también —pedí dándole una palmada en el hombro y asintió—. Necesito regresar al convento. ¿Puedes llevarme?
—Sí, señor —contestó con firmeza y me abrió la puerta. Guardé el pececito dentro de mi saco antes de echar un último vistazo a la finca donde había formado un matrimonio de mentira, pero una familia de verdad.
Aún no sabía si por la hora la madre superiora me dejaría hacer una visita, pero lo único que me quedaba en estos momentos era Alex, no la perdería a ella también.
***
CARL ROGERS
Colgué la llamada y por un momento vi el teléfono en mi mano antes de bajar mi atención hacia la hermosa criatura que seguía durmiendo en mi cama. Desde que llegamos no pude apartarme de ella, su olor, su calor, la suavidad de su piel y sus cabellos, había algo en ella que me atraía de manera obsesiva y no pude evitar sonreír.
Me incliné lo suficiente para alcanzar sus suaves labios antes de levantarme de la cama. Con el arma colgando de mi pantalón, salí de la habitación para encontrarme con Rita en el pasillo. Ni siquiera tuve que voltear a verla para saber que estaba de malas.
—No se te ocurra hacerle algo a Liliana… —susurré mientras revisaba que el cargador del arma estuviera completo.
—¿Desde cuándo somos enemigos, hermano? —preguntó con burla—. ¿Te preocupas por lo que yo le pueda hacer a esa mujer, como si fuera una amenaza? ¿Y si ella me hace algo a mí? La escuchaste, es hija de un GAFE. ¿Cómo sabemos que no es militar también o tiene alguna clase de entrenamiento? De seguro es una sicaria igual que su grupito de amigos y lo esconde detrás de su máscara de tonta.
Por fin levanté mi atención hacia ella y me sentí roto. Era mi hermana, la niña de mis ojos, pero últimamente no la reconocía. Las acusaciones de Liliana hacia ella zumbaban en mi cabeza cada vez que veía a Rita. ¿Quién tenía razón?
—Solo mantente alejada de mi cuarto —sentencié antes de bajar las escaleras.

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