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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 165

LILIANA CASTILLO

«La infancia termina cuando sabes que vas a morir», había dicho mi papá mientras yo lloraba sosteniendo a mi perrito entre mis brazos. Manchaz, un cocker negro con blanco, salió corriendo a ladrarle al perro del vecino y una camioneta blanca pequeña aceleró como si fuera a ganar puntos si se llevaba a mi perro entre las ruedas.

Quise ir tras él, pero mi padre me detuvo a tiempo, si no hubiera terminado igual que mi perro, en medio de la calle en un charco de sangre, con la mitad del hocico fracturado, hemorragias internas y la columna destrozada.

Mi padre sacó su arma y acabó con su sufrimiento. Era solo una niña de ocho años y conocí en persona a la muerte, de pronto se volvió real, no solo algo que se mencionaba en las series o películas. Ese día desbloqueé un nuevo miedo, uno que nunca terminé de comprender. Lo único de lo que estaba segura es que, fuera lo que pasara después de cerrar los ojos para siempre, quienes más sufrían eran los que nos quedábamos cargando recuerdos, ausencias y melancolía.

Por eso odiaba los velorios y no solía asistir, porque me ponen filosófica y triste.

Mateo se subió a mis piernas lentamente, acomodándose sobre mi regazo y apoyando su cabeza en mi pecho, buscando un refugio, algo que lo protegiera de lo que no entendía del todo. Era tan pequeño y me dolía que tan joven arraigara ese miedo que nos carcome a todos.

Lo envolví entre mis brazos y apoyé mi mentón sobre su cabeza. Su cabello era suave y olía rico cada vez que lo acariciaba el viento. Por un momento lo sentí como un cachorrito tembloroso.

—Quiero que mi abuelita vuelva… —susurró con voz rota y aunque quise sonreír por la ternura, mis ojos ya estaban húmedos—. La extraño mucho. Quiero verla de nuevo.

»Mi mamá y mi papá también se van a morir? —preguntó angustiado levantando su carita llena de lágrimas y miedo—. ¿Me van a dejar solito?

—Hay un fragmento de un poema que siempre me reconforta en estos momentos: alguien me habló todos los días de mi vida, al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡Vive, vive, vive! Era la muerte —contesté con media sonrisa limpiando sus lágrimas—. Vive Mateo, vive feliz, no dejes que nadie te lastime, que nadie te humille ni pase por encima de ti. Sé bueno, sé honesto y sé pleno.

»Llora a tus muertos, piensa en ellos con amor y recuerda que todos vamos para el mismo lugar, y un día nos volveremos a encontrar. Este no es el final, porque si hay algo más fuerte que la muerte, es el amor.

Sorbió por la nariz antes de dejar caer su carita sobre mi pecho y agarrarse con ambas manitas de mi blusa. Sus sollozos eran tan tiernos como cargados de melancolía. Acaricié sus cabellos y su espalda, dejando que su miedo y su tristeza fluyeran, que las sacara del corazón para que no lo envenenara. Entonces levanté la mirada hacia Julia y Santiago, quienes permanecían al lado del ataúd. Era sorprendente que Santiago estuviera ecuánime, sí, su rostro no era una máscara de algarabía, estaba triste, pero no como yo esperaba verlo. Era su madre la que había fallecido y él se mantenía con las mejillas secas y las mandíbulas apretadas. Julia acariciaba su espalda queriendo reconfortarlo, pero él se mantenía firme.

Ella regresó, con lágrimas en el rostro y los ojos enrojecidos, pero Santiago se quedó como una estatua al lado de su madre.

—Me preocupa cómo está tomando las cosas —dijo Julia cuando se sentó a mi lado. El pequeño Mateo volteó hacia ella, pero no me soltó.

—Se está guardando todo —contesté antes de voltear hacia Alex, quien se había puesto en movimiento. Se acercó con cautela hacia Santiago y entonces, como si sus manos tuvieran magia, lo derrumbó.

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