JULIA RODRÍGUEZ
Tanto Santiago como Liliana parecían seguros de que lo mejor que podía hacer era darle una segunda oportunidad a Matt, pero… ¿todavía estaba en la mesa su oferta? Solté un suspiro apesadumbrado, porque quería hacerlo, pero sentía que era demasiado tarde. Entonces la puerta de la cocina se abrió, era Rita, quien nos vio a ambas con desprecio y una sonrisa torcida.
Caminó por la cocina como si nosotras no existiéramos, tomó un vaso de la alacena y se sirvió agua, dándonos la espalda. Compartimos una mirada Liliana y yo, antes de que ella torciera los ojos con fastidio. Tampoco le agradaba Rita.
—Solo quiero aclararte que yo no fui quien entregó ese virus en tus oficinas —dijo Rita sin voltear hacia mí—. No me pareces alguien tan importante como para dedicarte el mínimo esfuerzo.
—No dije que fueras tú —contesté encogiéndome de hombros, aunque sí, nada me quitaba de la cabeza que había sido ella, podía apostar que estaba mintiendo. Se plantó del otro lado de la isla de la cocina y bebió su agua sin despegar su mirada de mí.
—Sí eres tan buena con eso de las computadoras, ¿por qué esperas que sea Matt quien lo solucione? —preguntó con una sonrisa divertida—. ¿Por qué, si te sientes tan superior a él, la mujer que sobrevivió a sus malos tratos y crueldades, estás aquí, dejando que te proteja?
»¿Por qué si lo desprecias tanto, no te vas? —agregó inclinándose hacia mí, buscando despertar algo—. ¿Sabes? Creo que solo eres una hipócrita que quiere pintarse como la mártir, cuando solo eres una víbora oportunista, pero no te equivoques, por suerte él ya no espera nada de ti.
—¿Matt sabe lo obsesionada que estás por él? —pregunté con media sonrisa, conteniendo mis ganas de golpearla.
—No lo sé, pero supongo que sabe que, a diferencia de ti, yo no voy a dudar de mi amor por él. Que sé perdonar errores y mantenerme firme incluso en la adversidad —contestó encogiéndose de hombros. Su arrogancia me estaba quemando.
—No conoces nuestro pasado, no puedes opinar —siseé mientras la garganta se me cerraba, ahogándome con el coraje que esta idiota me hacía pasar.
—¿No conozco su pasado? Lo conozco mejor de lo que tú crees. Él se quedó en la empresa de sus padres por ti, para protegerte. Cometió el error de no ser sincero, de no abrirse y admitir que se había resentido contigo porque te vio como una cadena a la cual quería estar unido. Nunca fue un hombre fácil. Nunca fue un hombre que se sincerara. Nunca fue un hombre amoroso, y aún así te rogó que te quedaras, te suplicó, hizo a un lado su orgullo y no dejó de buscarte, incluso con su pérdida de memoria, para que, al encontrarte, lo patearas como a un perro —escupió cada palabra con odio—. Lo vi llorar por ti, arrepentido por no haberte valorado, por no haberte cuidado. También lo vi destruido al saber que nunca lo perdonarías y desde mi posición solo puedo decir que no te mereces estar con él, mucho menos todo lo que está haciendo por ti cuando eres una perra ingrata.
»Pero no te preocupes, comienza a superarte y cuando lo logre, prometo que trataré bien a tus hijos cuando les toque visitar a su papá. No seré una madrastra malvada, al contrario, con el tiempo me verán como otra mamá. Al fin, parece que ya los acostumbraste, ¿no? —agregó con una gran sonrisa—. La diferencia es que con nosotros verán a una pareja unida que se ama, mientras que contigo crecerán viendo como el hombre que funge como papá, se acuesta con cuantas mujeres se encuentra, procreando hijos con todo su harén, y su madre es parte de ese circo retorcido.
Me guiñó un ojo antes de dar media vuelta y salir de la cocina, dejándome con una sensación de odio en el pecho. Quería vomitarlo, pero me mantuve lo más ecuánime posible.
—Vaya, en tú lugar le hubiera roto la cara. Supongo que eres más madura y controlada que yo —dijo Lily con un suspiro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!