LILIANA CASTILLO
Esperé, porque todo lo bueno tarda, porque los resultados siempre llegan y debes de recibirlos con calma, disfrutarlos como lo harías con un buen vino. Me mantuve jugueteando con Mateo, manteniendo mi distancia en cuanto vi que Carl y Rita entraban detrás de Matt a su despacho.
—Mateo, ¿cómo te estás llevando con Alex? —pregunté inocentemente mientras jugaba con su patito de hule entre mis manos.
—Mmm… ¿Bien? —respondió confundido, frunciendo el ceño—. En realidad, no hemos hablado mucho. Me da miedo que no me quiera.
—Mi pequeño, ¿quién no te va a querer si eres tan adorable? —dije pellizcando su mejilla y haciéndolo reír.
—¡Es muy bonita! —exclamó emocionado—, pero… y ¿si no le agrado? ¿Qué tal si no quiere ser mi mami nueva?
—¿Sabes qué es lo que siempre funciona? —pregunté llamando su atención y saqué de detrás de su oreja un chocolate envuelto en papel metálico llamativo—. El chocolate es capaz de conquistar a cualquier mujer. Dale uno y verás como te ganas su sonrisa.
Mateo recibió el chocolate como si fuera un tesoro.
—Solo recuerda que debe de llegar completo a sus manos, no se te ocurra darle una mordida —sentencié con seriedad y levantó sus hermosos ojos azules hacia mí, sufriendo por tener que usar toda su fuerza de voluntad.
—¿Ni una chiquitita? —preguntó apretando los labios y con la angustia colgando de sus ojos.
—Ni una chiquitita. Ahí se ve el compromiso de entablar una buena amistad con tu nueva mamá —aseguré mientras me cruzaba de brazos. Entonces Mateo frunció el ceño y se llenó de convicción antes de desfilar escaleras arriba en busca de Alex.
Con una sonrisa lo seguí con atención hasta que desapareció de mi vista. Eché un vistazo alrededor, dándome cuenta de que estaba completamente sola, y con disimulo me acerqué a la puerta de la oficina de Matt. Había dejado una cinta adhesiva en el pestillo de la chapa, así que no fue difícil entreabrirla de manera silenciosa y sin siquiera girar el pomo. Lo único que quería era escuchar.
—Matt… Yo solo… —escuché a Rita suplicante y no pude evitar sonreír divertida.
—Pensé que ya lo habías superado, pensé que actuarías de manera madura y consciente —dijo Matt con voz firme, podía escucharlo caminando de un lado a otro—. ¡¿Qué puta necesidad tienes de molestar a Julia?! ¡Ya suficientes problemas tenemos como para que tu conviertas la convivencia en esta casa en algo molesto!
—¡Yo no le dije nada! —exclamó Rita desesperada—. Carl, tienes que creerme.
Entonces me asomé sutilmente, vi a Carl recargado contra el librero, con los brazos cruzados y la mirada perdida, pero angustiada.
—¡Yo te escuché! —respondió Matt furioso, golpeando el escritorio—, cada palabra que le dijiste a Julia y como te mostraste como mi futura mujer. ¿Con qué derecho? ¿Qué te hace creer que me fijaré en ti de esa manera?
—Matt… después de tantos años juntos, ¿no te das cuenta? —preguntó con voz herida—. Soy la única que se ha quedado a tu lado en las buenas y en las malas. Hemos trabajado juntos. Nos hemos arriesgado juntos…

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