LILIANA CASTILLO
—¿Hay algo más o ya me puedes dejar solo? —preguntó Javier manteniendo su actitud de fastidio. Carmen sonrió, como si las palabras de su hijo fueran un halago, y acarició su rostro con ternura.
—Tengo toda mi fe en ti, no me defraudes —contestó Carmen antes de darle un par de palmadas en el brazo y dirigirse hacia la puerta. Cuando desapareció, sin despegar la mirada del vaso envenenado en mano de Javier, salí del baño, fingiendo no haber escuchado nada.
Javier no se inmutó. Era como si no sospechara o como si no le importara.
Me quedé paralizada, con muchas preguntas y poco valor para hacerlas. Como si no me hubiera visto, tiró el contenido del vaso que envenenó su madre en el florero antes de dejarlo de vuelta en la charola.
—No uses ese vaso, podrías enfermar —sentenció sin voltear a verme.
Mintió por mí y ahora desobedecía a su madre. ¿Qué estaba pasando? Por un momento contuve las ganas de comenzar a girar sobre mi eje buscando una salida o una explicación, lo primero que llegara, pero me contuve, suspiré y vi su herida en el pecho. Otra cosa que agregar a la lista, me había protegido de Rita sin dudar. No tenía que hacerlo, no si yo no significaba nada.
Pensé que, si Javier no moría envenenado por el vino, entonces Rita con los años de experiencia que creí que tenía, podría herirlo de muerte, pero… vaya que me defraudó esa buena para nada.
—¿Estás bien? —pregunté, pero Javier ni siquiera se inmutó. Pensé que no me había escuchado, así que me acerqué—. ¿Te duele mucho?
Cuando acerqué mi mano sus ojos se dirigieron hacia mí, veloces y frío, al mismo tiempo que su mano me sujetó por la muñeca, mis dedos apenas rozaron su piel, aumentando la tensión en el ambiente.
Nuestros ojos se encontraron y sin desviar la mirada, Javier posó sus manos en mis hombros, haciéndome girar lentamente. Cuando mi espalda estuvo a su alcance, bajó lentamente el cierre de mi vestido, haciendo que mi piel se erizara. Deslizó los tirantes por mis brazos mientras podía sentir su respiración en mi cuello.
—¿Me tienes miedo? —susurró haciéndome estremecer.
—¿Debería? —pregunté casi sin aliento.
—No, no deberías —contestó acariciando con la punta de su nariz mi cuello, bajando hasta mi hombro.

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