LILIANA CASTILLO
—No es lo mismo —contestó mi padre tranquilamente—. Estabas encaprichada con Santiago y ahora como adulta ya te diste cuenta de que no es el indicado, no para una mujer con tu carácter.
—¿A qué te refieres? —pregunté queriendo contener una risita nerviosa—. ¿Cuál es el problema con mi carácter? Su mujer tiene un carácter altanero y es feroz, es una ladrona muy…
—No es lo mismo —contestó mi padre tranquilamente, acomodándose las mangas de la camisa debajo de su saco mientras me veía con profundidad—. Una cosa es una mujer rebelde y otra muy diferente es una mujer cabrona y ambiciosa.
»La rebelde se puede domar, pero la cabrona no, puedes pensar que lo lograste y cuando menos te lo esperas te das cuenta de que nunca estuvo en tus manos y que siempre hizo lo que quiso. Una mujer cabrona no necesita a un hombre de buen corazón como Santiago, no es suficiente, incluso se puede tornar aburrido —agregó con una risa profunda que causó eco en la biblioteca—. Como dicen por ahí, para cabrón, cabrón y medio. Para una cabrona con tú, un cabrón y medio como él.
Con el mentón señaló la puerta, haciendo referencia a Javier.
—No, no, no… te equivocas, eso es imposible, no pasará —respondí sacudiendo las manos en el aire y negando con la cabeza—. Sé a lo que vengo, sé lo que tengo que hacer y no voy a fallar.
Mi padre me vio con esa mirada profunda que parecía leer mis pensamientos y sonrió mientras negaba con la cabeza.
—Haz lo que tu consideres, pero recuerda mantenerte sana y salva —dijo intentando ocultar su miedo de perderme—. Para mi siempre serás primero tú, ¿entendido?
Asentí sintiendo ternura por su preocupación y lo abracé.
—No crié una soldado, crié una cabrona y solo tu puedes decidir cuales son las reglas del juego —susurró antes de besar mi frente y juntos salir de la biblioteca. Sabía que a lo que me enfrentaba era difícil, pero teniendo a mi padre detrás de mí, cuidando mis pasos, me sentía poderosa.
***
Ya en la habitación de Javier caminé de un lado a otro, pensando, mordiéndome el pulgar mientras recapitulaba todo lo que había pasado. Resoplé con fastidio y negué con la cabeza. Tenía ganas de hacerme bolita en un rincón y llorar, porque eso significaba que a partir de esta noche iba a tener que cumplirle a Javier. ¡Pues si! ¡Si no se murió entonces ahora tocaba… «aflojar»!
Tomé una almohada y ahogué un grito desesperado antes de recuperar la calma. Volteé hacia la mesita de noche donde descansaba mi morralito con cenizas. No podía darme por vencida.
Entonces apreté los labios y recordé la mirada llena de dolor de Carl. Justo la calma después de la tempestad era propicia para sentir arrepentimiento, pero no por la muerte de Rita, esa perra maldita se lo merecía, pero… ¿hacerlo frente a Carl? Fue cruel. De solo imaginarme lo que debía de estar pasando en ese momento mi cuerpo se sacudió con un escalofrío.
De pronto escuché pasos acercándose a la habitación. Mi cuerpo se tensó y me llenó la ansiedad de encontrar un lugar donde esconderme como el clóset o debajo de la cama, pero serían dos lugares injustificables si me encontraban, así que corrí hacia el baño y me mantuve detrás de la puerta entreabierta.
—Tu descuido hizo que más de la mitad de nuestros aliados murieran —reconocí la voz de Carmen y me asomé apenas lo suficiente para ver como la puerta de la habitación se abría. Javier entró sin camisa, luciendo su torso esculpido y lleno de tatuajes. Su pecho tenía una herida nueva rodeada por sangre seca y puntos recién hechos.

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