LILIANA CASTILLO
—¡Buenos días! —exclamó Carmen entrando a la habitación sin ser invitada y la curiosidad de saber si habíamos intimado.
Noté la satisfacción en su rostro al encontrarnos en la cama, estaba orgullosa de su hijo. Entonces Javier recuperó esa máscara de frialdad y apatía. Su sonrisa se desvaneció y volvió a ser ese témpano que conocí por primera vez.
—Madre, ¿no crees que estás importunando? —preguntó Javier levantándose de la cama, con la sábana enredada en la cintura, luciendo su torso desnudo y esculpido por horas de ejercicio.
—Solo quería corroborar que mi nuera estuviera bien —contestó Carmen acercándose a mí y acariciando mi cabello—. Javier puede ser una bestia, la última mujer que estuvo con él terminó en el hospital.
Se me abrieron tanto los ojos que casi se me salen. Carmen acarició mi hombro y entonces vi una mordida profunda que no supe en qué momento pasó. Bajé la mirada y noté algunos moretones en mi cuerpo, principalmente en mis muslos.
Intenté hacer memoria, Javier perdió varias veces el control, fue bastante tosco, pero no consideré que fuera suficiente para marcarme así.
—Tendrás que usar cuello de tortuga o bufandas por un tiempo —agregó Carmen con una risita. Me levanté, escondiendo mi cuerpo con una sábana y me dirigí hacia el espejo del tocador. Vi mi cuello, tenía suaves marcas, no solo de sus dedos sino también de su boca—. Los dejo para que se alisten. Rafael y yo los esperamos en el comedor, no tarden porque el desayuno se enfría.
Carmen salió feliz y cantarina, dejándonos solos. Entonces Javier se acercó y lo vi entornar los ojos a través del espejo. Sus dedos acariciaron mi cuello, justo donde estaban las marcas. Parecía incómodo, tal vez arrepentido por lo que había hecho en un momento de pasión que sinceramente disfruté, y yo, yo de pronto me sentí triste de que él se sintiera culpable, si es que eso tenía sentido.
Giré hacia él sin saber que decirle, pero su mirada me pesaba. Apoyó sus manos en el tocador, a cada lado de mí, haciendo que su rostro quedara frente al mío.
—Prometí cuidarte y besar tus rodillas raspadas, pero no lo estoy haciendo bien —susurró antes de acariciar con la punta de su nariz mi mejilla, mientras que yo estaba desconcertada.
Esa frase me hizo eco de tiempos pasados, pero… había sido Santiago quien me la había dicho cuando éramos niños, fue uno de los motivos por los que me ilusioné con él. Había prometido besar mis rodillas raspadas un día que me caí jugando juntos… porque… era él, ¿cierto?
—Será mejor que nos demos prisa —susurró Javier caminando hacia el baño, dando el tema por terminado—. Prometo contenerme mejor la próxima vez.
Una vez más extendió la mano hacia mí, invitándome a seguirlo, y una vez más yo no me resistí. No podía decirle que no.

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