JULIA RODRÍGUEZ
Sin pensarlo dos veces y tal vez arriesgándome demasiado, lo empujé, apoyando mis dos manos en su pecho y cerrando la puerta detrás de mí. El pánico de que alguien pudiera escuchar nuestra conversación me embargaba.
No pude evitar percatarme que sus pectorales eran duros como una roca y al tenerlo más cerca noté que su rostro tenía una simetría perfecta y armónica. Todo en él era un equilibrio entre belleza y virilidad. Sin músculos voluminosos, pero sí definidos y fuertes, sin mandíbulas cuadradas y tensas, pero un mentón afilado que reafirmaba su apariencia astuta e inteligente. Era guapo, demasiado, y eso lo volvía aún más peligroso.
—Vayamos a otro lugar para hablar… —dije cruzándome de brazos y desviando la mirada—. Hay una cafetería cerca.
—Aún no nos casamos y ya me estás dando órdenes —contestó con una risa profunda que parecía salir de su pecho—. Me encanta.
Dio media vuelta y posó su brazo encima de mis hombros. Sus movimientos eran fluidos, naturales, pero firmes.
—Te sigo —agregó con una mano en el bolsillo y guiñándome un ojo, tan cerca de mí que su loción escocía mi nariz.
Torcí los ojos, me sacudí su brazo de mis hombros y caminé dejándolo atrás. No tenía paciencia para otro hombre fastidioso en mi vida.
Llegamos a la cafetería, apenas una de las meseras nos saludó cuando él ya estaba escogiendo la mesa que quería, dejándose caer en el asiento acojinado, cruzando los pies y viendo a través de la ventana con apatía, como si todo lo que lo rodeaba fuera aburrido.
—Estoy ansioso por abandonar este país de m****a —susurró en cuanto me senté delante de él—. Es bueno para vender mercancía. Amo que los gringos nos echen la culpa a los mexicanos de sus adicciones, como si los obligáramos a comprar nuestro producto cuando son ellos los que se arrastran por una dosis más.
»Es un pueblo sobrevalorado y patético, ¿no crees? —Entonces me vio por el rabillo del ojo y suspiró antes de pasarse la mano por el cabello—, pero que falta de respeto de mi parte el no presentarme como se debe.
De nuevo extendió su mano hacia mí, con una sonrisa digna de un demonio listo para comprar mi alma.
—Santiago Castañeda. —Apenas acerqué mi mano cuando él la tomó con firmeza y la sacudió, formalizando su presentación—. No tienes que presentarte, sé muy bien quién eres, ¿qué clase de especialista sería si no lo supiera?
»Julia Rodríguez. Ingeniera en programación y mecatrónica. La mejor calificación de su clase. Toda una erudita que ahora trabaja como una simple secretaría —agregó con fascinación mientras sonreía, apoyando su mentón sobre su palma—. Patético, pero realista, y aún así ganas más aquí de lavaplatos que en nuestra querida patria como profesionista.
—¿Humillarme es parte de tu show? —pregunté cruzándome de brazos. Ya me había acostumbrado con la idea, todo lo que decía era verdad, pero escucharlo en voz alta dolía más que solo pensarlo.
—Oh, no, no, no… No es mi intención molestarte, solo quería demostrar que te conozco mejor de lo que tú misma te conoces —contestó encogiéndose de hombros y sin perder la sonrisa—. Por ejemplo, también sé que… si no regresamos a México y nos casamos cuanto antes, mi padre me pedirá de la manera más atenta que les haga una visita a los tuyos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!