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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 191

LILIANA CASTILLO

Javier entornó los ojos, valorando si era sincera, sabiendo que, aunque lo fuera no era una opción quedarse. Tenía que salir, tenía que ir con mi padre. La empresa de Julia, a final de cuentas, le pertenecía a la organización y que servía para cubrir sus huellas de alguna manera, escondiendo información, borrándola de sitios gubernamentales y cambiando archivos electrónicos a su favor. No era tan fácil renunciar a ella o ignorarla.

—Por favor, haz lo que te pedí… —insistió pegando su frente a la mía—. Quédate aquí, no salgas. No te pongas en peligro.

He de admitir que me conmovió que, pese a saber quién era, aun así, me tratara como si estuviera hecha de cristal y no pudiera defenderme sola. Después de dejar un beso tierno en mis labios, se fue, dejándome en completo silencio, con mis pensamientos zumbando con fuerza en mis oídos.

Me dejé caer en la cama y me quedé con la mirada fija en el techo. Tenía dos opciones, hacerle caso y quedarme encerrada ahí o… hacer lo que tenía que hacer. No tendría otra oportunidad como esta.

Me levanté de la cama, tomé la pequeña bolsa con las cenizas de Alondra y la navaja escondida en el colchón. Era momento de hacer una visita especial que tal vez me condenaría, pero no tenía miedo.

***

JAVIER CASTAÑEDA

—Necesito que te quedes con él unos días y me digas si encuentras algo raro —había dicho mi madre hacía años, en la casa de Guillermo, conmigo detrás de sus faldas. Estaba asustado, pero también ofendido. Aunque era solo un niño mi mamá hablaba de mí como si fuera diferente—. No se comporta como un niño normal. Es muy frío. No juega con otros niños, se aísla.

—¿Crees que se comporta así porque…? —preguntó Guillermo, en ese entonces sin todas las canas que ahora tenía.

—Tengo miedo de que sea un… —Mi madre dudó, bajó la mirada hacia mí y suspiró—, que sea un psicópata o sociópata.

—Tienes que llevarlo con un psicólogo, no traerlo conmigo —sentenció Guillermo negando con la cabeza y soltando una risa profunda.

—¿Con qué dinero? Rafael no quiere, dice que los psicólogos son para locos y que su hijo está bien y no lo necesita —agregó mi madre desesperada, dando un golpe con su tacón en el piso como si eso fuera suficiente para llamar la atención de Guillermo—. Por favor. Solo… obsérvalo, tal vez si notas algo raro y se lo dices a Rafael, él acepte que hay que mandarlo con un profesional.

—No quiero tener problemas con Alondra —contestó Guillermo rascándose la cabeza—. Si ella se entera de que te estoy haciendo alguna clase de favor…

—¡No tiene por qué enterarse! —exclamó desesperada mi madre—. Yo no diré nada y tú menos.

—¿Y si se le escapa a Liliana? Es una niña y, aunque le pida que no diga nada, puede decirlo por equivocación —agregó encogiéndose de hombros. Entonces mi madre me tomó por el mentón, obligándome a verla. Entornó los ojos y sonrió como siempre que se le ocurría un plan para salirse con la suya.

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