JAVIER CASTAÑEDA
—¡Vamos a jugar! —gritó Liliana corriendo hacia nosotros. Cada vez que la escuchaba el día se iluminaba, los pájaros cantaban e incluso se pintaban arcoíris en el cielo.
Y como ya era costumbre, apenas dio un par de zancadas cuando se cayó sobre el césped. Salí corriendo hacia ella, su vestido rosa estaba lleno de manchones verdes. Apretaba sus rodillas mientras hacía gesto de dolor.
—Me duele —susurró mientras me hincaba a su lado.
—Te raspaste las rodillas —contesté preocupado y sin saber cómo ayudarla. Cuando sus lágrimas se asomaron por sus ojitos me sentí peor—. No te preocupes, ya no te pasará, yo te cuidaré mucho, ¿está bien?, y le daré besitos a tus rodillas para que sanen más rápido.
Y sin pensarlo besé su herida con cuidado. Cuando levanté el rostro de nuevo hacia ella, recibí una sonrisa que me paralizó antes de que se lanzara hacia mí para abrazarme. Ese día supe que tenía que ser fuerte no solo para sobrevivir, sino para proteger a Lily, aunque eso me costara mi propia cordura.
Dejaría mi corazón en sus manos, ella lo cuidaría por mí hasta que pudiera asegurar un futuro ideal donde Lily no tuviera que ensuciarse las manos y yo no tuviera que comportarme como un sociópata.
—Esos días que los vi jugando en el jardín o durmiendo juntos rodeados de todos sus peluches, me hice a la idea de que posiblemente el destino los volvería a juntar —dijo Guillermo haciéndome regresar del pasado—. Liliana es una mujer inteligente, astuta y fuerte. Tú te volviste imparable, el terror de todo el que conociera tu nombre. Una bestia sin corazón.
»Si hay alguien a quien considero capaz de domar el corazón de Lily, eres tú —finalizó con esa actitud de quien comparte sus sueños sin darles mucha importancia.
—¿Nos estás dando tu bendición? —pregunté entornando los ojos y sonriendo de medio lado.
—Por ahí dicen que cada oveja con su pareja, y yo estoy aceptando que tal vez mi pequeña ratoncita ya encontró a su oveja, una negra y con apariencia de lobo —contestó apesadumbrado, como si, aunque lo estaba aceptando, no le agradaba del todo—. Solo quiero aclarar un pequeñísimo punto contigo. Algo… insignificante.
Se inclinó más hacia mí antes de soltarme un golpe certero en medio de la cara. No me lo esperaba y el dolor me sacudió todo el cráneo, me zumbaron los oídos y perdí la vista por breves segundos. Cubrí mi nariz que comenzaba a sangrar mientras lo veía indignado.
—¡¿Qué chingados fue eso?! —exclamé sorprendido. Entonces Guillermo sonrió con naturalidad.
—Tengo la plena confianza en que no harás nada que pueda lastimar a mi pequeña bebé, creo que eres un buen hombre y que la amas, contrario a lo que tus padres piensan —agregó con ceremoniosidad y calma—. He visto cómo la miras y estoy seguro de que eres el indicado, pero si un día esa cabecita loca tuya se le ocurre siquiera pensar que le puedes pegar o gritar, si tienes intenciones de hacerla llorar, acuérdate del dolor que sentiste y multiplícalo por mil.
»No me importa que tan rudo, loco o cruel seas. No me importa si te quedas con la organización o te vuelves un campesino modesto. Vendré por ti, te arrancaré los huevos y te haré que te los tragues antes de volarte la cabeza… ¿entendido? —Pese a toda la sarta de amenazas me sonrió con gentileza—. Es más, déjame ayudarte con tu nariz para que veas que puedo ser un suegro benevolente.

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