LILIANA CASTILLO
—¿Qué te da miedo? Aquí no corres ningún peligro —agregó Rafael con firmeza, inclinándose hacia mí como si en verdad eso le preocupara.
—Tengo miedo de enamorarme de Javier —en cuanto lo dije, Rafael comenzó a reír tan fuerte que casi termina de nuevo en un ataque de tos.
—Pequeña, no deberías de tener miedo por algo así. Es bueno que te estés enamorando de él, necesita mucho amor —sus ojos se llenaron de nostalgia.
«Sí, necesita el amor que ni su madre ni su padre le ofrecieron cuando era niño», pensé con rencor.
—Enamorarse de alguien es muy peligroso —contesté con un suspiro ensayado—. ¿Qué hago si después de casarnos me traiciona?
El rostro de Rafael palideció apenas cuando lo vi tragar saliva.
—¿A qué te refieres? —preguntó entornando los ojos.
—Ya sabe, que me sea infiel con otra mujer. No podría con algo así, moriría de dolor cada vez que llegara a casa oliendo a otra —aunque mi voz sonaba apesadumbrada, mi mirada se mantenía fija en él, acusatoria y hostil.
—Si le das a Javier lo que él necesita, nunca te va a traicionar —soltó con firmeza. Empezaba a sentirse incómodo—. El problema con las mujeres es que se descuidan cuando ya están casadas. Si un hombre es infiel es porque su esposa está fallando.
—Entiendo… —susurré antes de sonreír—. ¿En qué falló Alondra? ¿Qué fue lo que le hizo falta a usted? Lo pregunto porque no quiero cometer el mismo error. ¿No lo amó lo suficiente? ¿No le dio su tiempo? ¿No estuvo para usted cuando más la necesitó?
—¡Suficiente! No tengo porqué hablar de esto contigo. Sé lo que intentas, solo te diré que yo no soy el culpable —soltó Rafael molesto dando una palmada en el escritorio como si quisiera asustarme, pero lo único que provocó fue que sacara mi navaja y clavara su mano al escritorio.
Antes de soltar un alarido metí la bolsita de terciopelo en su boca, silenciándolo.
Pasé por encima del escritorio mientras él abría el cajón, el cual cerré con una patada, machacando su mano. Soltó un segundo alarido con el que logró escupir las cenizas de Alondra. Tomé la pistola que quería alcanzar dentro de su cajón y con la cacha lo golpeé en la cara, abriendo su pómulo.
—Estoy harta de esperar que el karma o la vida se encargue de poner a la gente como tú en su lugar —dije con una voz tan fría que me sorprendió, estaba llena de rencor, como si de pronto el espíritu de Alondra me poseyera y me exigiera cobrar venganza—. Mataste a la mujer que juraste proteger. La traicionaste e hiciste de su vida un infierno. Ella se fue y tú, tú estás aquí, feliz, regodeándote con la amante, como si las consecuencias no pudieran alcanzarte.

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