JULIA RODRÍGUEZ
—¿Estás lista? —preguntó Alex triunfante mientras yo rodaba los ojos.
Dejó el vaso clavado en la tierra y prendió una de las gotitas antes de arrojarla dentro. Me tomó del brazo y nos alejamos lo más rápido cuando empezaron a tronar. El calor que se generó dentro del vaso y el frío de la tierra húmeda, así como la presión hizo que no solo se escucharan esas mini explosiones con más fuerza, sino que el vaso crujiera al romperse.
Entonces, tal y como Alex predijo, tanto Emilio como Patricio corrieron hacia el lugar, con la mano en su pistola y la mirada cargada de preocupación.
De esa manera nos escapamos, un par de embarazadas desarmadas directo a lo que podía ser una trampa.
No era de mis momentos más inteligentes.
***
—¿Segura que es aquí? —preguntó Alex viendo el establecimiento en ruinas, devorado por el incendio que lo había consumido hacía un tiempo, del que había escapado Liliana.
—Sí, este es el café de siempre —contesté con melancolía, pasando la mano por los muebles destrozados y llenos de hollín.
—Pues si parece una trampa —agregó Alex sintiéndose incómoda. Asomándose detrás de la barra buscando de seguro algo con qué defenderse—. Claramente aquí no vamos a encontrar la malteada y la galleta de Mateo.
Entonces escuchamos el crujido de un cristal rompiéndose. Ambas volteamos hacia el pasillo, era Liliana con su sudadera y unos pantalones de mezclilla. Su tenis había quebrado uno de los vidrios del piso.
—Vinieron —susurró y me sonrió. Justo en ese momento yo me deshice. Corrí hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas, controlando mis ganas de llorar sin mucho éxito. La había extrañado sin mencionar que estuve muy preocupada por ella.
—Basta, que me pondrán sensible —dijo Alex con voz entrecortada, limpiándose las lágrimas. Tal vez si no estuviera embarazada nos hubiera ignorado, pero ahí estaba, llorando con nosotras.
—¡Oh! ¡No pasa nada! —exclamó Liliana acercándose a ella y abrazándola con ternura.
—¡Nooo! ¡No me abraces! ¡Me vas a hacer llorar peor! ¡Nooo! —gritó Alex intentando zafarse, pero Liliana no planeaba rendirse y yo me uní a ese abrazo fraternal entre tres mujeres que amábamos al mismo hombre de diferente manera y que este mismo había sido suficiente motivo para unirnos, y sí, me refería a Santiago.
Lo que había comenzado como un momento emotivo lleno de lágrimas se convirtió en risas cómplices. Justo cuando estábamos tomadas de las manos, se escuchó otro ruido, unas pisadas más pesadas y el ambiente se oscureció como si una nube negra nos cubriera. Volteé lentamente y lo vi: Javier.
Nos veía con intensidad y el ceño fruncido. No recordaba que fuera tan alto. Sus manos estaban escondidas en los bolsillos de su pantalón y usaba solo una playera que hacía lucir los músculos de sus brazos y sus tatuajes.
Mi mirada buscó la de Lily, quería una explicación, un motivo para no salir corriendo y ella lo sabía.
—No es lo que parece —susurró con cautela mientras retrocedía, poniéndose como una barrera entre él y nosotras.
—¿Estás con él? —pregunté herida, tomando a Alex de la mano y retrocediendo con ella.
—¿Quién es él? —inquirió Alex confundida, viéndolo sin miedo, incluso con apatía.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!