JULIA RODRÍGUEZ
Algo me hizo abrir los ojos, una tensión en el ambiente, ese presentimiento de que algo estaba mal. Me levanté de la cama y me asomé por la ventana, apenas levantando un poco la cortina, el jardín parecía tranquilo, entorné los ojos buscando entre las sombras cuando la oscuridad se hizo más profunda. Los faros que lo iluminaban se habían apagado. Giré los ojos hacia la pequeña lámpara de al lado. Tiré del interruptor y la luz nunca se encendió. La mansión se había quedado sin luz.
De inmediato sentí mi estómago retorcerse. De pronto escuché un breve silbido, me alejé, pero no lo suficientemente rápido, pues algo entró por el cristal de la ventana, quebrándolo, y abriéndome una herida en la mejilla antes de que cayera al piso de sentón.
Con el corazón acelerado, posé mi mano sobre mi herida, la sangre caliente y pegajosa escurría hasta mi mentón. No grité, no lloré, solo me arrastré, cuidando que mi cabeza no se asomara lo suficiente para que me la volaran. Metí la mano en la mesita de noche y saqué la pistola que me había dado Santiago por precaución. Ni siquiera en esa mansión se sentía seguro.
Justo en la puerta del cuarto me terminé de poner los pantalones y anudé mi camisón en la cintura mientras corría hacia la habitación de Mateo.
—¿Julia? —escuché desde el piso de abajo.
—¡Hay alguien en el jardín apuntando hacia las ventanas! —respondí y Matt vio la herida en mi rostro como única prueba de mis palabras.
Abrí la puerta de mi pequeño sin esperar respuesta. Estaba dormido plácidamente, abrazando a su patito y pececito de hule. Apenas me acerqué a él escuché un crujido que me erizó la piel. Mi corazón empezó a latir más lento.
Fingí no haber escuchado, no por miedo, sino porque de cierta forma quería ganar más tiempo. Entonces el clic del percutor siendo posicionado me erizó la piel y mi cuerpo actuó por inercia, sin pensarlo.
Tomé una de las almohadas de Mateo al mismo tiempo que apoyé el cañón sobre ella y jalé el gatillo. El ruido de la detonación fue apenas perceptible y la almohada había cubierto mis malas intenciones del invasor. Entonces escuché el golpe. El hombre había retrocedido contra la pared, cubriéndose un costado con la mano, lo había herido, pero no lo suficiente.
Mi corazón pasó de estar congelado a latir con desesperación. Pasé por encima de la cama de Mateo casi de un brinco, no podía esperar a que ese hombre tomara el control de la situación. Cuando estaba frente a él quiso apuntarme, pero yo estaba demasiado cerca y desvié su mano hacia arriba al mismo tiempo que presionaba la almohada contra su rostro con todas mis fuerzas, incluso las que no sabía que tenía.
Me dio un golpe en las costillas, pero yo ya había apoyado mi arma contra su costado, en diagonal, intentando apuntar hacia su corazón. Jalé el gatillo dos veces más antes de caer hacia atrás, adolorida, pero encabronadísima.
Mateo gritó, pues esta vez había escuchado los disparos, y su llanto solo me hizo enojar más. Nadie tenía derecho de perturbar el sueño de mi bebé. Me levanté y antes de que el hombre se deslizara hacia el piso, lo tomé con ambas manos de la playera y lo arrastré hacia la ventana por la que había entrado.
—¡Con mi hijo, no! —grité furiosa antes de apoyar el cañón de mi arma en su cabeza—. ¡CON MI BEBÉ, NO!
Entonces disparé y fue el impulso suficiente para que el cuerpo del hombre saliera por la ventana. De inmediato me eché a un lado, temiendo que alguien fuera a dispararme. Cuando volteé hacia la cama de Mateo, Matt ya lo estaba cubriendo con su cuerpo, sacándolo de entre las sábanas.
Casi en cuclillas, corrí hacia ellos y salimos de la habitación.
—Nos están sitiando —dijo Matt mientras envolvía a Mateo de manera protectora y mi pequeño lloraba desconsolado, escondiéndose contra su pecho.

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