LILIANA CASTILLO
«Pendejos, a ver si muy chingones», pensé mientras caminaba llena de seguridad hacia la puerta que llevaba hacia el garaje. Se estaban escondiendo en el jardín, como ratas. Era hora de iluminarlo todo.
Entré al garaje y tomé toda la estopa que encontré para hacer una tira larga la cual metí en el tanque de gasolina del auto de Matt. Esperaba que algún día me perdonara. Atoré un tubo entre el acelerador y el asiento, haciendo que el auto comenzara a gruñir con ferocidad. Cuando me estaba preguntando qué tan rápida tenía que ser para quitar el freno de mano y correr a encender la estopa que colgaba del tanque de gasolina, levanté la mirada y vi a Santiago del otro lado, jugando con un encendedor mientras me dedicaba una sonrisa.
—Cuando tú digas… —susurró jugando con la flama.
Compartí su sonrisa y asentí con la cabeza al mismo tiempo que quitaba el freno del auto. Este aceleró con violencia, rompiendo la puerta del garaje, partiéndola por la mitad mientras salía frenético hacia el jardín, con el tanque de gasolina en llamas. Justo cuando llegó a la oscuridad de los árboles, explotó, creando una bola de fuego y humo negro que se elevó hacia el cielo.
Las hojas y las ramas se encendieron, mostrándonos a los hombres que intentaban destruirnos y en medio de todos a Carl, su cabello rubio brillaba con más intensidad gracias al fuego, sus ojos estaban clavados en mí, profundos y llenos de rencor. Entonces levantó ambas manos mostrando dos cabezas cercenadas.
—Hijo de puta… —susurró Santiago apretando los puños y conteniendo las ganas de salir a enfrentarlo. Una era la cabeza de Emilio y la otra de Patricio. Ahora entendía porque no los había visto.
Había sido un error dejarlos solos a cargo de la seguridad de toda la mansión, sabiendo que el enemigo nos superaba por mucho.
Carl tiró las cabezas al piso y me señaló, me quedaba claro que la cabeza que quería era la mía. Lo que él no sabía era que, pese a sus amenazas y acciones, yo no tenía miedo y no lo tendría ni siquiera en el último segundo. No importa si ganaba o perdía. Carl nunca recibiría súplicas ni lloriqueos de mi parte.
Mucho menos disculpas.
—¡CALMATE, CARL! ¡NO PIERDAS LA CABEZA COMO TU HERMANA! —grité soltando una risotada antes de alejarme de la puerta destrozada del garaje. Santiago y yo entramos corriendo, como si lo que habíamos hecho fuera una niñería, mientras las balas rebotaban a nuestro alrededor.
—El jardín está iluminado como si fuera de día —soltó Matt en cuanto entramos agitados, con la mano en el pecho—. Gracias por destruir mi auto.
—¡Vamos! Te compraré uno mejor —respondió Santiago mientras se acercaba a Matt, quien estaba muy tranquilo armando algo en la mesa. Cuando me acerqué lo suficiente noté que se trataba de un fusil de precisión—. Lindo juguetito —soltó Santiago acariciando el arma antes de que Matt le diera un manazo.
—No dejen que entren mientras yo estoy en el techo —contestó Matt y noté que detrás de él tanto Julia como Alex llevaban en bolsas todas las molotov que habían hecho—. Mateo está escondido en la cava de vinos.
Toda la euforia se apagó por un momento, porque se acercaba el final del enfrentamiento, porque la realidad empezaba a pesar, porque sabíamos que era cuestión de minutos, tal vez segundos, para que comenzaran a entrar, porque, si es que ganábamos, posiblemente no todos saliéramos vivos de esto y quien quedara tendría que saber donde encontrar a nuestro pequeño Mateo.
En completo silencio todos asentimos, nos vimos entre nosotros, reconociendo que en ese momento éramos un equipo, sin importar de donde veníamos o que había pasado entre nosotros. Éramos una familia, la que escogimos, y la escogimos bien, porque ninguno había huido, ninguno era un cobarde.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!