JULIA RODRÍGUEZ
Matthew retrocedió con los puños apretados, pero los hombros caídos. Su mirada estaba cargada de escepticismo y decepción, se paseaba desde mis tobillos hasta mi rostro, desconociéndome.
—¿Es en serio? —preguntó indignado—. ¡¿Por eso tienes tanta prisa por divorciarte?! ¡¿Te urge mucho estar con él?!
—Matthew… por favor, no es el momento —pedí mientras sentía los lentes de todos esos celulares encima de nosotros.
—¡Dilo! ¡Admite que él es el motivo por el que quieres divorciarte! ¡Deja de jugar con mi tiempo! —gritó furioso, sus ojos llameaban y sus puños temblaban.
Apreté los labios y agarré aire suficiente. No aparté mi mirada de él en ningún momento.
—Sí, él es el motivo por el cual quiero separarme de ti —solté, disolviendo el gesto en el rostro de Matthew, su cara ahora parecía una hoja en blanco—. ¿Lo querías oír? Bien, ahí lo tienes. La verdad. En cuanto antes me dejes libre, más pronto podré estar con él.
Por un fragmento de segundo parecía que mis palabras lo habían herido. Era como si me diera la oportunidad de ver su vulnerabilidad y lo que en verdad causaban en él mis palabras, pero el gusto me duró poco. Se recompuso, aferrándose como siempre a tener el control, sobre todo, principalmente sobre él mismo, sobre sus sentimientos y sobre lo que la gente veía en él.
—¿Por qué finges que te importa? —pregunté agachando la mirada, con desilusión, envenenándome el corazón con el pasado, con todos esos recuerdos agrios de nuestro matrimonio falso—. Solo me ves como un juguete sexual, una empleada celosa de su deber.
»No te costará mucho reemplazarme. Para ti nunca signifiqué nada más que un pasatiempo. Cualquier otra mujer puede cumplir con mi función y estará encantada de hacerlo, más de lo que yo estuve. —Esta vez fui yo quien apretó los puños y contuvo sus lágrimas—. Eso es lo que siempre quisiste, ¿no? Alguien que te complaciera sin hacer preguntas, que decidiera aceptar tus regalos para mantener la boca cerrada. Ahora también serás libre de encontrar a tu «mujer perfecta», a tu «muñequita de plástico», con la boca bien cerrada y las piernas bien abiertas.
Sonrió con un bufido, se limpió la boca y su mirada se volvió de desprecio, incluso asco.
—No sé qué carajos vi en ti. Eres una oportunista. ¿Crees que él será mejor que yo? ¡Lo dudo! —siseó antes de dar media vuelta y salir de la cafetería, dejando el caos a sus espaldas.
Mi cuerpo no tenía fuerza, no podía moverme ni un centímetro, mientras mis ojos lo seguían hasta que salió del local y lo perdí de vista, sintiéndome derrotada.
No era yo quien quería esto. No había decidido cambiar un infierno por otro. Él era el hombre que siempre amé, pero no me quiso, y ahora estaría en brazos de un hombre que ni amaba y ni me quería. No sabía qué era peor.
—¡Qué carácter! —exclamó Santiago detrás de mí, mientras tomaba una servilleta para limpiar sus heridas—. ¿Entiendes que no puedo pasar por alto lo que me hizo? Tiene que pagar. Cuido mucho este rostro como para que él venga y lo magulle.
Señaló su rostro y bufó.
—Te equivocas. Él solo se ama a sí mismo. —Me crucé de brazos y despegué mi mirada de la de él. Era demasiado densa para sostenerla—. Solo nos unía un matrimonio contractual. Él necesitaba un juguete nuevo que no hiciera preguntas, yo un trabajo bien remunerado y la «green card», para que no me mandaran de regreso.
—Tú también lo amas, lo adoras —contestó divertido, pero de una manera más contenida, como si le diera gracia ver algo que yo no veía, saber algo que yo no sabía.
Quería gritarle que mentía, que no tenía sentido que se aferrara a ese tema, pero… me quedé en silencio mientras mi dolor se mezclaba con el humo de su cigarro.
—¿De qué sirve amar a alguien con locura si esta persona no solo no te ama, sino que se esfuerza por menospreciarte cada día? —pregunté con la frente en alto, pero mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas—. ¿De qué sirve darlo todo si al final del día te van a dejar al lado del camino?
De pronto dejó caer su cigarro al piso para apagarlo con la punta de su zapato, mientras sus hombres salían después de cumplir con el trabajo.
—A veces estar al lado del camino es más entretenido y más barato —contestó divertido antes de voltearse hacia mí—. Vaya que tienen una relación muy complicada. Demasiado.
—Una relación que pronto se acabará. Solo hace falta su firma. —Me encogí de hombros y sonreí con melancolía. Quería borrarlo de mi vida, pero no sería tan fácil, porque se había quedado bien clavado dentro de mi corazón y me daba miedo pensar que no volvería a amar a un hombre como amé a Matthew. ¿Quién me decía que el divorcio era suficiente para arrancarlo del alma?—. Pronto podremos casarnos como está acordado y dejar todo esto atrás.

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