MATTHEW GRAYSON
Llegué furioso a la mansión. Avanzaba con las manos aún convertidas en puños temblorosos por la rabia. Nadie, ni siquiera el mayordomo se animó a detenerme y preguntarme lo que había pasado.
Atravesé la casa y llegué hasta mi oficina, cerrando la puerta con fuerza después de entrar. Quería voltear todos los muebles, quería explotar y maldecirla al aire, pero mis dientes estaban tan apretados que no podía decir nada, solo podía verla en esa cafetería, con ese hombre. Sus palabras se repetían en mis oídos como una grabación eterna.
No podía creer que tan fácil se fuera, que su intención siempre estuvo en lanzarse a los brazos de ese hombre. Rebusqué entre mis papeles, haciendo un caos en el escritorio, sabiendo que tenía una copia de esa maldita acta de divorcio entre la montaña de documentos referentes a la empresa.
¿Le urgía irse? ¡Bien! Se iría sin un solo centavo como quería. Encontré el documento y lo apoyé en el escritorio. Tomé rápidamente el bolígrafo y apoyé la punta sobre el papel, se empezó a hacer un punto de tinta que se extendía, pero no garabateaba mi firma. Vi el papel con rencor, como si se burlara de mí por no poder terminar con esto.
¡¿Por qué?! ¡¿Para qué la quería retener a mi lado?!
—¡Carajo! ¡Solo firma el puto papel! —grité para mí mismo, sintiendo que algo se rompía dentro de mí, aun así, me obligué. El trazo fue lento y tembloroso, mezcla de rabia y escepticismo, ¿en verdad lo estaba haciendo?
¿Por qué? ¿Por qué me costaba tanto soltarla? ¿Por qué dolía?
La calma que precedió a la rabia se sentía vacía. No me generaba paz, solo le daba más eco a mis preguntas.
No pude soportar verla con otro hombre.
No pude soportar sus palabras, declarando que se iría con él en cuanto yo la soltara.
De nuevo su voz retumbaba dentro de mi cabeza. ¿En verdad le había hecho tanto daño como para que odiara quedarse a mi lado? ¿Qué pasaba con mis esfuerzos por darle lo que quería?... lo que nunca me pidió. ¿En qué momento perdí su sonrisa y me quedé solo con su rencor?
Vi el documento más de cerca, las hojas temblaban entre mis manos. Su firma estaba seca, la mía aún se estaba absorbiendo en el papel, mientras que una pregunta comenzaba a tomar forma y a pasar de un simple murmullo y un grito firme y contundente dentro de mi cabeza.
—¿Me había enamorado de Julia? —pregunté en voz alta y me sentí extraño.
Si lo que había entre ella y yo era amor, era uno que sangraba, que parecía letal e irreal.
Sabía que tenía que llamar a mi abogado, tenía que venir a recoger el documento, tenía que llevarlo a la notaría y hacer esto oficial. Sacar las cosas de Julia en bolsas de basura antes de que llegara, que sintiera mi rechazo, mi odio, que supiera que conmigo no se jugaba, pero… donde terminé fue frente a la trituradora de papel, encendiéndola de manera automática y metiendo el papel entre sus dientes. Lentamente hizo tiras cada página, convirtiendo su aparente libertad en basura.
—Ella es mía… —susurré mientras rechinaba los dientes. Me sentía como un animal herido—. Esto no se quedará así. No puedo simplemente dejar que se vaya.
»¡¿Por qué?! —grité furioso esa pregunta que se repetía en mi cabeza.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!