SANTIAGO CASTAÑEDA
Dándome golpecitos en los labios con el celular, no dejaba de pensar en Julia y su voz, una capa de fortaleza falsa cubriendo su tristeza. Cuando el auto se detuvo frente a la cafetería, mi estómago se retorció al verla a través del ventanal, parecía un alma en pena, con la mirada perdida en su vaso humeante.
Entré al establecimiento, presuroso por alcanzarla. Con cada paso que daba hacia ella esperaba que levantara la mirada y me sonriera o se encogiera de hombros, pero seguía inerte, como una cáscara vacía, solo respirando.
Me detuve frente a ella, ni siquiera así levantó la mirada hacía mí, estaba rota y cayéndose a pedazos, lo peor es que no parecía dispuesta a volverse a armar, solo estaba consumiéndose en su agonía, dejando que el dolor brotara por cada fractura mientras sus manos acariciaban su vientre, ahí estaba lo último que quedaba del amor que sentía por ese hombre.
—¿Julia? —pregunté sintiéndome miserable por ella—. Bonita…
Acerqué mi mano, pero cuando estaba a milímetros de acariciar su mejilla, por fin levantó la mirada hacia mí. Sus ojos estaban tan vacíos como su corazón.
—Está hecho… —susurró, con los ojos rojos y llorosos, con la voz rota. Entonces levantó su puño, lo apretaba tan fuerte que sus nudillos estaban blancos y el resto de su piel comenzaba a verse amoratada. Con cuidado la ayudé a abrir sus dedos y encontré un anillo de compromiso que brilló en cuanto la luz rozó el diamante de buen tamaño—. Ya firmé…
Intentó sonreír, pero solo consiguió que las lágrimas cayeran por sus mejillas.
—Lo siento, bonita… —Me senté a su lado después de tomar el anillo de su mano, este había dejado marcas en su palma por la fuerza con la que lo atrapaba.
Sabía que no había nada que pudiera decir para hacerla sentir mejor, pero sinceramente me dolía verla así, tan… apagada, perdiendo su alma e incluso las ganas de vivir. La conocí como una mujer rota pero fuerte, ahora solo estaban los pedazos en el piso y un par de manos cansadas de mantener todo junto.
Me quité la cadena del cuello y ensarté el anillo en ella, haciendo un colguije para ella. Rodeé su cuello con él, y el anillo terminó pendiendo junto a su corazón.
—Es hora de regresar… —susurré pasando mi brazo por encima de sus hombros y besando su frente.
Dejé un par de billetes en la mesa antes de tomarla de la mano. Parecía una niña pequeña, siguiéndome en silencio, con la mirada perdida y lágrimas secas en sus mejillas. Su semblante no cambió dentro del auto. Solo estaba ahí, existiendo, viendo a través de la ventana mientras nos dirigíamos hacia el aeropuerto, con un gesto que no te dejaba en claro si estaba triste o enojada, simplemente… hacía lo mínimo necesario: estar ahí.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!