SANTIAGO CASTAÑEDA
Llegamos a México, se sentía por el cambio en el ambiente, ese calor seco que entró al avión en cuanto la puerta se abrió.
Julia parecía dormida aún, o solo estaba fingiendo, postergando su confrontación con la realidad. La tomé en brazos y bajé de la nave con cuidado, no quería tropezar en las escaleras y rodar hasta el piso con ella.
Una caravana de autos negros, blindados y con vidrios polarizados nos esperaban. Mi padre estaba en medio de todo, con una sonrisa cargada de satisfacción, ambas manos colgadas de su cinturón como si estuviera sosteniendo sus pantalones.
—La trajiste… —dijo con orgullo, conteniendo su tono golpeado y elevado, respetando el sueño de Julia mientras la metía al interior del auto—, y antes de 30 días.
»¿Qué son esas mamadas de andar esperando? Los negocios se resuelven en cinco minutos o no se resuelven. —Entonces me dio una fuerte palmada en la espalda, sacudiéndome—. Todo está listo para la boda. Margarita se lució con los arreglos.
Sí, Margarita era una de las tantas amantes de mi papá que se hacían pasar por ayudantes o secretarias. ¿Mi mamá lo sabía? ¡Claro!, pero ya no le importaba. A decir verdad, ella también tenía sus amantes, solo que era mejor escondiendo sus porquerías que mi padre.
—Incluso el vestido está listo. ¿Quieres invitar a tus suegros a la boda? —preguntó divertido, dándome ahora un madrazo en el abdomen, sacándome el aire.
—¡Finísimas personas! Creo que se lo merecen después de venderme a su hija como si fuera la vaca flaca que tienen en el fondo de su patio —solté con molestia, haciendo a mi padre reír. En verdad estaba de buenas.
—Bueno, aún podemos deshacernos de ellos —contestó encogiéndose de hombros.
—¿Qué hay del trato? —pregunté arqueando una ceja—. Dijiste que los dejarías en paz si nos entregaban a su hija.
—Si te pones a pensar, nosotros tuvimos que tomarla por la fuerza —agregó relajado, minimizando todo, así hacía siempre que se sentía de buenas y quería salirse con la suya—. Podemos hacer que parezca un accidente, lo sabes.
Volteé hacia Julia, quien seguía dormida o eso me hacía creer.
—Primero lo hablaré con ella… —contesté por fin, lidiando con el dolor de cabeza que me había perseguido desde Estados Unidos—. Todo depende de ella.
—¡Bien! —exclamó levantando las manos a modo de rendición.
—Solo danos un par de días para acondicionarnos y… continuamos con lo de la boda —pedí a mi padre, con un pie dentro del auto, aún sosteniendo la puerta.
—¡¿Es en serio?! ¡¿Más tiempo?! —exclamó iracundo.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!