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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 43

JULIA RODRÍGUEZ

El paso de los días fue proporcional al tamaño de mi vientre, que crecía cada vez más.

Mientras Santiago dividía su tiempo entre su trabajo y sus amantes, yo también lo dividía entre mis proyectos de programación y mis pinturas. Poco a poco y con ayuda de la familia Castañeda había empezado como una consultora, siendo recomendada por ellos para poder resolver problemas grandes en empresas igual de grandes.

¿Quién diría que había una línea muy delgada entre narcotraficantes peligrosos y empresarios poderosos?

—Ay mija… ¿Otra vez solita? —preguntó mi suegra entrando a la casa mientras yo tragaba saliva. Negó con la cabeza antes de sentarse sobre el sofá—. Ese Santiago…

—No pasa nada —contesté con una sonrisa rígida y frotándome las manos como si tuviera frío—. Sé que él está trabajando arduamente y…

—¿Eso es lo que te dice? —inquirió con lástima, como si yo fuera una pobre víctima de los engaños de Santiago—. Al final del día es igual que su padre. Pensé que las cosas serían diferentes, que él sería diferente… pero esta clase de vida corrompe hasta al más puro.

Me senté a su lado y posé mi mano sobre la suya, queriendo consolarla pues parecía bastante decepcionada.

—Santiago es bueno conmigo… es fiel, me respeta, me da mi lugar y me deja crecer —dije con seguridad, haciendo que por fin sus ojos se posaran en mí—. Le juro que él está trabajando. Tal vez demoró en el camino por alguna situación, pero algo debe de tener claro, él es fiel y es un buen esposo.

»El mejor que he tenido —agregué encogiéndome de hombros. No mentía.

De pronto sonrió y me vio con curiosidad.

—Es cierto… tuviste otro matrimonio —contestó posando su mano con delicadeza sobre su mejilla—. ¿Lo amabas?

Dudé, porque no sabía que tan bien recibida sería mi respuesta.

—¡Claro que lo amabas! —exclamó con una risita y negó con la cabeza—. La mayoría de las esposas en este entorno somos solo un capricho. Tuvimos a alguien a quien amamos profundamente antes de volvernos el accesorio perfecto de algún rufián.

»En verdad espero que lo que dices sea verdad, pues temería que termines igual que yo, lejos del amor de tu vida, con un hombre que no te valora, condenada al olvido, empolvándote en una esquina mientras tu esposo se pasea con mujeres cada vez más jóvenes.

Con cada palabra la luz en sus ojos se iba desvaneciendo, conformándose con la miserable existencia que le había tocado vivir.

Entonces apareció Santiago, acomodándose la camisa presuroso para esconder toda prueba de que venía de uno de sus encuentros casuales con alguno de sus amantes. No pasó desapercibido para mí el ramo de dalias que llevaba en una mano y el bote de helado en la bolsa que colgaba de su otra mano.

Capítulo 43: Condenada al olvido 1

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